Este blog es mi pequeño espacio, mi ínfimo resquicio de libertad, donde intentaré que - como en la isla - todo no quede rodeado de mar y existan pequeños puentes donde recostar la mirada, donde traspasar umbrales y seguir caminando sin óbstaculo alguno.
lunes, 15 de diciembre de 2014
Sevilla y su lunita plateada
Una villa donde se respira sosiego, atravesada por un río, al que dicen que siempre se vuelve y un hechizo de siglos, perdido entre callejuelas encantadas, fuentes populares y balconcitos con flores, que actúan como cábala sanadora cuando se viene del mundanal ruido.
Texto y foto: Juan Carlos Rivera Quintana.
La ciudad española de Sevilla es de esas comarcas memorables y añejas, surgidas como ciudad-puente, ciudad-puerto, que se pegan como una estampita a la retina del visitante y jamás se olvidan, haya o no una lunita plateada, como reza la vieja coplilla flamenca, de Antonio Molina, que la inmortaliza y está muy de moda por estos tiempos.
Ubicada en la comunidad autónoma de Andalucía, en el sur de la península ibérica y capital de la provincia homónima, Sevilla posee uno de los cascos antiguos e históricos más grandes de Europa, exactamente el tercero, (después de Venecia y Génova), y hace alarde – con gran probidad – de un patrimonio histórico, natural y monumental que la convierten en zona de peregrinaje de turistas deseosos de conocer sus maravillas museables, sus fiestas y costumbres populares, provenientes de lo íbero, lo árabe, lo cristiano y lo tarteso; sus callejones, sus barrios y mercados, sus fuentes y su Catedral, que incluye la Giralda, el Alcázar y el Archivo de Indias, declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, desde l987.
Y es que a Sevilla, situada en la llanura aluvial del Río Guadalquivir, siempre se vuelve; nadie o casi nadie - para no ser absoluto- se conforma con una sola visita, pues siempre se quedan cosas por ver debido a la imposibilidad de visitar sus más de 300 monumentos y sus 14 conjuntos históricos. Para empezar el recorrido baste comenzar por el Barrio de Santa Cruz y la Plaza de Doña Elvira, cuyos orígenes se remontan a la Judería de Sevilla, aquellos momentos en que el rey Fernando III de Castilla conquista dicha urbe y concentra la segunda comunidad judía más importante de España, (después de Toledo), que es expulsada por el cristianismo en 1483, lo que provoca un cimbronazo cultural y económico en la comarca, que también sufre los azotes de las epidemias de peste europeas, hasta principios del siglo XIX que las autoridades españolas deciden reurbanizar el barrio, embellecerlo y darle nuevamente el lustre que poseía antaño.
Santa Cruz, enclavado en el corazón monumental y comercial sevillano, es un barrio- laberinto de ceñidas calles y callejuelas - como las viejas juderías - que intenta librarse del tórrido sol del verano, creando corrientes de aire fresco, provenientes de sus abiertas plazas, sus balconcitos estrechos con policromas macetas de flores y sus fuentes populares y aljibes. Allí mucho hay por ver, baste tan sólo enumerar algunos sitios como los Reales Alcázares, transformados en un suntuoso palacio mudéjar, a los que se le anexaron unos impactantes y cuidados jardines y fuentes; el Palacio Arzobispal, residencia del prelado de la ciudad y archivo eclesiástico; la Catedral de Sevilla, el mayor templo gótico español, con influencias renacentistas y manieristas y una de las grandes pinacotecas de la ciudad, pues conserva obras de Murillo, Zurbarán, Goya y de cientos de prestigiosos pintores españoles y extranjeros; el Patio de los Naranjos y la singularísima Giralda, rosa de los vientos cristianizada y emblema por antonomasia de la comarca que vela, cual estatua de la fe, desde su atalaya privilegiada, el ir y venir sosegado de turistas y pobladores. Estos últimos dos sitios son los únicos sobrevivientes de la mezquita musulmana que allí existió.
Tampoco podemos olvidar el Archivo de Indias, antigua casa lonja de mercaderes, que inició su construcción en 1584 y hoy el más importante centro de documentación americanista del mundo, creado bajo el reinado de Carlos III, con el propósito de centralizar en un único recinto toda la documentación dispersa de la administración de las colonias españolas.
Durante toda la recorrida por el barrio se topará en una u otro recoveco o esquina con pequeños y coquetos locales de recuerdos, dedicados a la venta de artesanías, bordados, cerámicas y abanicos, realizados por manos sevillanas y dará de bruces en varias oportunidades y hasta sin esperarlo con la Plaza de Doña Elvira, una mágica plazuela cuadrada y exclusivamente peatonal, con accesos acodados y un estudiado diseño de bancos, fuentes, rosas de todos los colores y naranjos, rodeados por edificios de un marcado sabor sevillano, hoy restaurantes, hoteles boutiques, comercios y terrazas donde tapear y apurar una refrescante sangría. Cuenta la mítica pueblerina que allí estaba la casa de Don Gonzalo de Ulloa, padre de Doña Elvira, ambos personajes del “Don Juan Tenorio”, de Zorrilla.
El Guadalquivir en el corazón
En su paso por Sevilla, esta ancha corriente de agua, cuyo nombre deriva del árabe al-wadi al-Kibir, que significa “el río grande”, y atraviesa además ciudades como Andújar y Córdoba, está cruzado por el Puente de Triana, antiguamente llamado de Isabel II, una de las escasas muestras de la arquitectura del hierro que posee la urbe y desde donde se tiene una vista privilegiada de barcazas turísticas que recorren sus márgenes, de la Torre del Oro, que formaba parte del sistema de defensas y murallas almohade; del Teatro de la Maestranza, el escenario andaluz de la ópera y de la Plaza de Toros de la Real Maestranza, ese ovalo gigante, sitio de las lidias taurinas más renombradas del mundo, que ha visto entrar y salir airosos a toreros en hombros de aficionados y a otros con compromiso de vida o de muerte por alguna cornada traidora.
Muy cerca de allí puede visitarse, también, la Universidad de Sevilla, cuya sede rectora, fue en el siglo XVIII, la Real Fábrica de Tabacos, inmortalizada – posteriormente - en las cigarreras que trabajaban en sus naves y torcían los puros, de la afamada Ópera Carmen. Con casi 500 años de existencia, esta alta casa de estudios, que presta un servicio público de excelencia, cuenta con un amplio patrimonio cultural y artístico, diseminado en sus siete edificios anexos.
Mención especial y sitio de obligado recorrido - a no dudarlo - es la Plaza de España, un rincón encantado por la magia del palacete, sus campanarios, puentecitos, rejas andaluzas, torres, jardines, barcas, músicos ambulantes, fuentes y estanques donde picotean hermosos patos y cisnes. Con sus 200 metros de diámetro, esta plaza, creada por la mano diestra de Aníbal González, el más prestigioso de los arquitectos sevillanos del pasado siglo, centra su decoración en el ladrillo y los revestimientos cerámicos de azulejería, dedicados a todas las provincias españolas. En la actualidad, a dicha plaza se puede llegar a través del tranvía moderno que hace pocas paradas intermedias, pero que sale del corazón del casco histórico, o en un coche de caballos, o un autobús turístico.
Y no es de extrañar que antes de trasponer las rejas de dicha plazuela escuches – como me sucedió a mí – una vieja coplilla sevillana, que cantada con la clásica guitarra flamenca y el dejo del cante jondo no olvidarás nunca y te servirá como cábala sanadora de todos los ruidos existenciales de las ciudades modernas. Entonces con la voz rajada y casi como un lloro, el andaluz proclamaba a los cuatro vientos: “(…) y ahí, que tiene Sevilla/que deslumbra la orilla del Río Guadalquivir/y es que en otro sitio no puedo vivir/ será el fino o su gente/ que es la única que entiende/lo que puedo yo sentir/cuando en la madrugada me acuerdo de ti”.
Río de Janeiro y Paraty, Brasil: ciudades escritas en el mar
Texto y foto: Juan Carlos Rivera Quintana.
Está sentado plácidamente - apoyando su brazo sobre el banco - en la intersección de las playas de Copacabana e Ipanema e intenta mirar casi de soslayo el mar, con su pierna cruzada con gallardía y virilidad, aunque se mantiene de espaldas a la escollera y al rugir de las olas que baten contra los farallones y acarician el alma impura. Carlos Drummond de Andrade (1902-1987), el célebre escritor carioca, ha sido inmortalizado en el bronce a la orilla de ese mar, en homenaje a su centenario, en el 2002, y desgarbado y con sus lentes intelectuales y redondos puestos, se mantiene impertérrito – no tiene otra posibilidad – al trasiego de veraneantes y citadinos en Río de Janeiro, Brasil… es un testigo cómplice que sólo mira y calla. Parece uno más, uno entre tantos que se solazan con el aire salitroso y el azul insondable del océano y estiran sus piernas y respiran uno de los oxígenos más vivificantes del mundo, se tuesta su piel de cobre bajo el sol ardiente. En el pedestal del monumento una pequeña frase del poeta se destaca: “en el mar estaba escrita una ciudad”. Me siento en el mismo banco, pues el poeta ha dejado un espacio libre, y le contemplo… miro a mi alrededor la urbe tocada - geográfica y visualmente - por la mano de Dios y suelta riendas la imaginación.
Detrás los morros, las grandes favelas coloridas (una isla dentro de la ciudad, como han sido llamadas), el horizonte y las ensenadas otean la urbe bulliciosa, desde sus lugares, sus veredas de venecitas negra y blanca y entonces me saca de ese ensimismamiento los cánticos, las batucadas, los pitos y la algarabía de los bailarines de una ecola de samba, que salen a calentar el pavimento de la Rua Fernando Mendes, porque ya nos estamos acercando, en fecha, al famoso carnaval carioca… el más célebre del mundo... y es preciso el ensayo para perfilar los movimientos de la coreografía, sentir la música y entrenar los nuevos vestuarios. A mí alrededor todo se vuelve, en fracción de minutos, goce, lujuria y belleza humana, como patina típica de una de las ciudades más bellas e injustas del planeta.
Se alquila para soñar
Y es que llegar a Río de Janeiro, por cinco días, te habilita para soñar inmediatamente, sobre todo si estás muy cerca de la playa y puedes hasta sentir el rugido oscuro y fresco del mar que bate en Copacabana desde uno de los pisos altos de un emblemático hotel. Entonces, el sueño se vuelve más placentero, los descansos frente al mar se tornan más rutinarios y desestresantes, a pesar de algún que otro chubasco repentino y aguafiesta y el olor del pescado en la sartén y las frutas maduras de los puestos de venta te inundaran el paladar y la nariz inequívocamente. Y a partir de ese instante no quedará más que hacer trekking por Copacabana, Ipanema, Leblón o Barra de Tijuca – conocida como la Miami del Sur - con sus bañistas a toda hora, incluso en la noche; sus palmeras; sus surfistas; sus aficionados a la pesca; sus juegos de voleibol en la arena y sobre todo sus modernos y elegantes bares, de frente al mar, donde se puede degustar desde un platillo de camarón con mucho aderezo brasileño hasta una refrescantes agua de coco, o mejor…. una caipirinha con sus limas frescas, su azúcar a punto, el hielo picadito y la mejor cachaza de Sudamérica o una cerveza negra, que te hará volar la imaginación y el alma.
Y por supuesto, cita obligada será llegarse hasta el Cristo Redentor, y para llegar deberá adentrarse en la selva tropical de Tijuca, en funicular, hasta la estatua del santo, en la cima de la montaña del Corcovado o tomar el pequeño tren o subir en taxi pues caminando no es recomendable. Desde allí, estará en el lugar más indicado y panorámico, para admirar la ciudad en toda su majestuosidad y le dará la razón al poeta. Por eso sugiero una buena cámara fotográfica para llevarse el testimonio, sobre todo si el día está claro y el sol salpica las playas y los morros cariocas en un alarde de colorido y tropicalismo sin límites. Tampoco deberá perderse el viaje al Pão de Açúcar (Pan de Azúcar), pues ello sería casi sacrílego, si está en Río y no va es casi imperdonable.
El Pan de Azúcar es un pico único, de 395 metros, formado por varios morros monolíticos que reposan sobre la bahía de Guanabara y la Ensenada de Botafogo, y se eleva directamente al borde del mar, por sobre la urbe como desafiando toda gravedad, recortado delante del horizonte. El tour, en teleférico de cristal y acero, como una cápsula visual – conocido popularmente como el bondinho - con capacidad para 75 turistas, sube y baja sin cesar ni descanso, cada cinco minutos, recorriendo una ruta de 1.400 metros entre los morros de Babilonia y Urca (224 metros) ofreciendo otro viaje inimaginable, impensado y hasta temerario entre playas, cielos, montañas, caseríos pobres, modernos edificios y vegetación agreste. Ojo: fóbicos a las alturas abstenerse.
Después volverá sus pasos por Copacabana, ubicada en la zona sur de la ciudad, con su playa de medialuna, asiento de la bohemia, el glamour y la variopinta libertad sexual, área que dio origen a varios movimientos artísticos y es referencia emblemática del turismo brasileño. Baste tan sólo nombrar sus festejos do Reveillon, considerados la mayor diversión de fin de año del planeta, en medio de rituales a Yemayá o Yemanja, la Diosa del Mar y madre de todos los hijos de la tierra, adorada en Brasil, y donde se dan cita millones de turistas que celebran entre rones, champaña, música, fuegos artificiales… y desenfreno. Muy cerca de allí, está Ipanema (“Aguas peligrosas”), esa otra playa, enclavada en uno de los barrios más elegantes y modernos, donde podrá visitar sus boutiques, sus discotecas y restaurantes y hasta una playa gay, ubicada en el posto 6, y la famosa Rua Farme de Amoedo, muy cerca de donde se levanta el café: “Garota de Ipanema”, que probablemente sea la canción de bossa nova más afamada del Brasil, escrita por el poeta Vinicius de Moraes y con música de Antonio Carlos Jobim, que habla de la belleza de la “menina que passa(…) la coisa mais linda”, que se balancea con su cuerpo dorado, ”caminho do mar”.
Toda esa magia sólo será interrumpida por los pobres en su pobreza- cifra que crece numéricamente, a pesar del marketing político - los que duermen bajo algún zaguán o en una vereda, medios atontados por el alcohol y alguna droga blanda o dura, soportando el calor o el viento estival, según la estación de que se trate, entre cartones y alguna tela sucia, soñando con tener – en algún momento – un futuro más promisorio, que borre las injusticias de este mundo, aún en esa ciudad, tocada por la mano de Dios.
Paraty: ese tesoro entre mar y montaña
Y a 250 kilómetros de Río de Janeiro, pasando por Angra de Reís y quedando, incluso, estupefacto ante una Central Nuclear, de dos reactores con sus impávidas usinas a la vista, desde la carretera, que se acomodan temerarias cerca de Praia de Itaorna y un barrio llamado con el paradójico nombre de “El Paraíso”, cruzando caminos sinuosos y en pendiente, se levanta la ciudad de Paraty, donde todo quedó detenido, como postal intacta, en el siglo VXII.
Entre la Bahía Ilha Grande y la Mata Atlántica, es Paraty, una de las ciudades más inolvidables que he visitado, incluso pensando en Europa. El caserío de pescadores, la aldea - para ser más exacto - con todas las invocaciones edilicias del colonialismo portugués, ofrece la impresión de estar en Lisboa, pero con la diferencia de tener una selva alrededor, muchas montañas (Sierra do mar) y una bahía calma, que cuenta con innumerables playas, entre los resquicios de las ensenadas opalinamente azules y las serranías verdosas y muchas veces llenas de bruma misteriosa que lo esconde todo.
Su esplendor arquitectónico - de casas de dos plantas, adornadas con balcones de hierro forjado y de colorido estilo colonial portugués - se debe a que se mantuvo olvidada, en un total aislamiento geográfico por dos ciclos económicos. Ella estuvo dedicada a la pesca, al trasiego del oro y la plata, la caña de azúcar y el café, conocido como el oro negro. Ese ostracismo colonial cooperó en su preservación histórica y cultural. Y hoy, Paraty (a 290 de la capital paulista) vive prácticamente del turismo, con una infraestructura de marinas y un pequeño aeropuerto para naves de pequeño porte, y la producción de cachaças, bebida de alcohol de caña, producidas artesanalmente por ingenios locales y con mucho prestigio en Sudamérica y popularidad en la ciudad, y, por supuesto, la artesanía local.
Baste tan sólo adentrarse en el casco colonial de Paraty, en su complejo arquitectónico y transitar sus calles de piedras irregulares (pe-de-moleque), vestigio del trabajo de los esclavos que llegaron en el siglo XVII, en las bodegas de los navíos portugueses; y sus coloridas ventanas y puertas para darnos cuenta que estamos ante un sitio excepcional y pocas veces visto. Es como un viaje en una máquina del tiempo. Le rodea un fuerte (Forte Defensor Perpetuo) que sirvió como muralla defensiva contra los piratas que venían buscando las rutas del oro, la plata y los diamantes con destino a Portugal, que circulaban por la región de Trindade, otra ciudad marítima muy cercana, donde se cuenta que existen tesoros enterrados, incluso uno fruto del saqueo pirata a la Catedral de Lima, que nunca ha sido encontrado.
Pero el encanto de la ciudad también lo ponen sus pousadas, sobre todo las que están en el casco histórico, bellamente diseñadas y refaccionadas, muchas con mezclas de la decoración indígena y moderna, entre las que recomiendo la “Pousada de Sandy” (Rua Largo do Rosário, 01, Parati); la “Pousada Do Ouro” (Rua Dr. Pereira 145), una agradable y casi intacta casona del siglo XVII, y la “Pousada Do Príncipe”, un palacete, de estilo colonial, a dos cuadras del centro, en la Avenida Roberto Silveira, 245, sobre todo si usted quiere descansar, con tranquilidad, lejos del espíritu depredador del turismo y sus idas y venidas.
Además, Paraty, también se ha convertido en un polo gastronómico con sus peixes (peces) asados y sus platos típicos de la cocina indígena y la culinaria portuguesa, algunos de ellos aderezados con las más increíbles hierbas y sazones y la farinha (harina) de mandioca, el coco rallado y la banana y otros productos litoraleños y rurales. Mención especial merece el bistró “Casa do Fogo”, que tiene como especialidad la paella, enriquecida con frutas tropicales y flameada con la más pura cachaça de Paraty, y el excelente espectáculo de música brasileña, que en las noches suelen animar muchos restaurantes y el buen comer de sus comensales.
El paseo a dicha ciudad no estaría completo si no se toma una excursión en una escuna (velero a motor para 50-60 pasajeros) o un saveiro (veleros de doble mástil) para salir del puerto, de la bahía de Paraty y navegar por las aguas azules verdosas y cristalinas de algunas de las playas, en las islas que la rodean. Infaltable: Praia Vermelha, Praia da Lula, Praia Deserta e Ilha Comprida, periplo que ofrece la Agencia Estrela da Mahná Tours, al módico precio de 40 reales por persona. Dicha excursión, donde se puede nadar hasta las playas, bucear para ver corales, peces de variados colores, recantos insondables con sus florestas intactas y hasta nadar entre delfines, incluye almuerzo y tragos típicos.
Se cuenta, que en 1502, cuando el navegante Américo Vespucio, entró en la bahía de Ilha Grande, comandando una escuadra de carabelas, expresó: “Si existe un paraíso en la Tierra, ese lugar es aquí”. No alucinaba: son más de 65 islas paradisíacas, bañadas por aguas calmas y cristalinas, con más de 43 playas, con una fauna marina incomparable, que hacen de Paraty el reino del buceo (mergulho).
También podrá caminar, en contacto íntimo con la naturaleza, o montar a caballo para llegar a numerosas cascadas – como la del Poço do Inglés o la de Penha- tobogán, que bajan de las serranías o adentrarse en los senderos montañosos que trazan el antiguo camino conocido como la Ruta del Oro (Caminho do Ouro), en Serra da Bocaina. Este periplo – una verdadera clase de Historia – constituye la ruta histórica utilizada por los antiguos colonizadores portugueses, para sacar el codiciado metal del Estado de Minas Gerais, en dirección al Puerto de Paraty, camino a Lisboa. Aún se conservan en el trazado fragmentos de la calzada original de piedras, colocadas por los esclavos.
Si algo se echa de menos en Paraty – bueno decirlo - es a una buena playa… las más cercanas, a las que se puede ir caminando, están contaminadas y con mucho petróleo y por ello para darse el buen baño en el mejor mar no tendrá otra opción que tomar excursiones y salir fuera de la bahía, donde encontrará realmente paraísos indescriptibles y casi virginales. Este cronista caminó hasta Jabaguará, muy cerca del casco colonial citadino, y encontró un visual hermoso de pequeñas islas y grandes macizos de piedra, pero una playa enlodada que daba la impresión de una sumergida en un pantano y se tuvo que conformar con una buena caipirinha para ahogar tamaña desilusión y recuperar energía para el regreso a la ciudad.
Pero, sin dudas, Río de Janeiro y Paraty son dos paseos recomendables: el primero, excesivamente bullicioso para mi gusto, demasiado violento por momentos y hasta enajenante; el segundo, más para el descanso, el retiro recoleto, lejos del mundanal ruido sobre todo si usted proviene de una urbe cosmopolita y precisa comodidad y desasosiego. Ambos con una similitud ideal: dos ciudades recortadas sobre el mar, escritas sobre él y delante de sus horizontes lejanos e imprecisos.
Montevideo: ya no es preciso referencias
Texto y foto: Juan Carlos Rivera Quintana
Decía el poeta uruguayo Mario Benedetti (1920-2009), un cronista de la ciudad montevideana, al referirse a ese urbe que lo vio nacer: “Al sur, al sur, está quieta/ tranquila, calma, paciente esperando/ Montevideo…“. Y sin dudas, cuando se ha tenido la posibilidad de viajar en cuatro oportunidades a esa urbe apacible y chata, cuya rambla de arenas blancas - bañada por el Río de La Plata - observa el paso de la vida uruguaya y se ha podido confraternizar con la bonhomía de sus moradores, seres gentiles, cultos y politizados uno empezará a pensar que Montevideo, la capital de Uruguay, es uno de esos edenes donde pasarías el resto de tu existencia, pero sobre todo una sosegada vejez.
Y es que la ciudad de Montevideo – la capital más austral de América latina - está bañada por las aguas del Río de La Plata, que alcanza su mayor nivel de salinidad y oleaje, en ese punto meridional del Uruguay, producto de las mareas y se encuentra muy cerca de la desembocadura al Océano Atlántico, lo que hace que muchos le llamen mar a sus costas. Y si con sólo tomar un confortable buque-bus desde Buenos Aires y navegar unos 50 kilómetros puedes arribar a Colonia, otra ciudad uruguaya, de donde parten colectivos, que en dos horas, te ponen en la citada villa, parecería que todos los caminos te llevan a ella y hasta te ofrecen un agradable paseo de fin de semana, fuera del estrés de la urbe porteña.
Entonces sólo quedará recorrer sus calles, sus plazas, sus tiendas, degustar sus platos típicos y sus vinos, participar de sus fiestas carnavalescas de febrero, ver sus murgas y sus comparsas y bañarse en su hermosa playa, bordeada por un malecón, que tiene muchas semejanzas con el habanero. Porque – siempre me pasa – cuando llego a Montevideo es como si se transmutaran los tiempos, como dar un cambio a mi biorritmo y sentir que todo fluye con más tranquilidad y sanidad a mi alrededor. Y no miento.
Buceos y la Ciudad Vieja: sus encantos y asombros
Y está vez fue el “Hotel After”, ubicado en Buceo, un barrio elegante, muy cerca del tradicional Pocitos, donde se ubican los más modernos y lujosos edificios de la ciudad, que miran desde la rambla al Río quien me abrió sus puertas, durante tres días de paseo. Allí muy cerca brillan al sol las paredes acristaladas de sus altos edificios, que dejan ver sus esqueletos de barras de acero inoxidable con fachadas de wall de última generación, y el World Trade Center Montevideo, un complejo de oficinas que ha adquirido notoriedad por reunir las más importantes empresas financieras y tecnológicas del país y hasta una zona franca, junto a un puerto de embarcaciones deportivas y la sede del Yacht Club de Uruguay, un paraje donde se respira paz y se puede observar a los pescadores en sus rituales de captura.
Una vez en Montevideo sólo quedará preparar un plan de visitas, donde – por supuesto – no podrá faltar el Mercado del Puerto, con sus bodegones y parrillas donde se mezclan el olor del pescado con el de la carne nacional, con el ir y venir de lugareños y turistas en sus tiendas de artesanías y antigüedades; las galerías, ubicadas en la Ciudad Vieja, un centro neurálgico de cultura, donde se puede admirar cuadros de reconocidos artistas como Luís Alberto Solari (1918-1993), cuya pintura y grabado es un emblema del refranero popular, los carnavales, los temas bíblicos, las creencias y supersticiones uruguayas y el pintoresquismo agrario de los campesinos o obras de artistas como el recientemente desaparecido maestro del dibujo Nelson Romero, cuyas obras ostentan un barroquismo rico en detalles y humor. No podrá dejar de visitar, el Museo Torres García (1874-1949), ubicado en la Peatonal Sarandí 683, a pocos metros de la Puerta de la Ciudadela, donde podrá admirar una representativa colección de obras, que le permitirá acercarse al quehacer de dicho pintor constructivista, todo un emblema nacional. Tampoco podrá olvidarse del Museo Gurvich, alojado en el corazón de la Ciudad Vieja, en el Edificio Constitución, que está emplazado sobre la Plaza Matriz, junto a la Catedral Metropolitana. Allí podrá adentrarse en el universo creativo, la fuerza imaginativa y la fantasía plástica del maestro, de ascendencia lituana, José Gurvich (1927-1974), uno de los grandes símbolos de la plástica uruguaya.
El carnaval y la ciudad están que arden
Pero si tiene la suerte de viajar, como yo, a finales de febrero, en plena época de carnavales y presenciar, en el Teatro de Verano, de la tradicional competencia de murgas, comparsas, humoristas y parodistas y sus presentaciones, conocidas como la liguilla, frente a un jurado que decidirá quién llegará a finales y ganará el evento nacional, que entrega un jugoso premio en metálico, otorga la posibilidad de grabación de discos y hasta de giras al exterior, puede decirse que usted es un privilegiado. Allí en la noche del sábado 23 se llevaron el favor del público y al parecer del jurado las murgas “Cayó la Cabra”, con un excelente vestuario del siglo XVIII, de la época de Salieri y Mozart y sus cantos, bailes y humoradas referidas a la despenalización de la marihuana en Uruguay, la calidad de la televisión pública, la necesidad de madurez ciudadana y el rol del Estado benefactor y “La Gran Siete”, con sus cánticos sociales, sus parodias y críticas a los medios audiovisuales, a los miembros del jurado y a algunas personalidades de la oposición política nacional. Porque es bueno aclararlo a diferencia de otros países donde los carnavales son grandes desfiles callejeros de música, danza y carrozas, los de Uruguay están concebidos principalmente como un gran festival de teatro al aire libre, en el que las murgas juegan un rol central y tienen el beneplácito y el cariño de la ciudadanía, que asiste casi multitudinariamente a dicha competencia y aplaude como si fuera una hinchada de fútbol.
De paso por la ciudad también podrá – si usted es un interesado de la arquitectura,- recorrer algunos edificios característicos de la arquitectura art decó, entre los que se ubican y son accesibles el Palacio Díaz; el Rinaldi, el Tapié y los edificios Parma y Lux, algunos ubicados en la avenida 18 de julio. Es Montevideo una de las mejores ciudades, a nivel mundial, para apreciar dicho estilo. También podrá visitar las instalaciones del majestuoso edificio que alberga a la Casa Central, del Banco República, ubicado en la esquina de Solís y Piedra, e inaugurada en 1938, doce años después del inicio de su construcción. Tan sólo poder ver in situ los artilugios del arquitecto italiano Giovanni Veltroni, en su bóveda en cañón, encasetonada, cuyo punto más alto dista 35,5 metros del piso, las estriadas columnas, coronadas con capiteles de motivos corintios, de 16 metros de altura; las arcadas y los vitrales y admirar la amplia variedad de mármoles rosados y grises europeos, puertas de roble de Eslovenia, caobas y nogales de Italia, de ese Templo del Dinero - como fue bautizado en su época - vale una visita a Montevideo por la experiencia estética que aporta.
Allí, en los días de nuestra visita, se ubicaba la Primera Bienal de Artes Plásticas de Montevideo “El Gran Sur”, que invitó a más de 50 artistas y colectivos a participar interviniendo y transformando los espacios del gran hall de la Casa Central del Banco República; su edificio anexo, el Atarazana y la Iglesia San Francisco de Asís. En la muestra se intentaba explorar – en algunas oportunidades fallidamente, como en el caso de las obras de los artistas de Bolivia Sonia Falcone y el brasileño Paulo Vivacqua – el Sur como espacio geográfico, como territorio real, como alegoría y proyección metafórica.
Y si es bueno para ajustar y organizar su tiempo, le recomendaría caminar la ciudad por la Avenida 18 de julio con su Plaza Independencia, sus monumentos, fuentes y apacibles parques. Y caminando hacia el este y antes de llegar a la Ciudad Vieja, se encontrará de improviso con el Palacio Salvo, uno de los edificios más famosos y emblemáticos de Montevideo, quizás el más retratado por los turistas. La mole de concreto – diseñada por el arquitecto Mario Palanti e inaugurada en 1925 - tiene 27 pisos y fue en su tiempo el más alto de Sudamérica. Dicho monumento arquitectónico ha sido calificado por el poeta Benedetti, en su novela: “La Tregua”, como un “monstruo folclórico (…), casi una representación del carácter nacional: guarango, soso, recargado y simpático”.
Sin dudas, Montevideo es una urbe a la que vale llegarse. Y si siempre ha tenido fama de segura y tranquila, en los últimos tiempos – de no tomarse medidas ciudadanas y políticas – dicho cartelito podría caerse. Sobre todo si se conocen las cifras que manejó recientemente el Observatorio Nacional sobre Violencia y Criminalidad de Uruguay, y publicó “El País”, que denuncian que en 2012, se consumaron 267 homicidios en la nación, un 34 por ciento más que en el año anterior y que 29 por ciento de ellos fueron ajustes de cuentas entre bandas de jóvenes violentos, vinculados a la pasta base (droga), que compiten por territorios y mercados y terminan generando una espiral de violencia e inseguridad a su alrededor.
Nada que no sé por qué extraña asociación me viene, entonces, a la cabeza una estrofa del poema “Referencias”, de Mario Benedetti que, al aludir a la ciudad, dice: “Ahora por fin/están aquí a mi alcance/parque rambla idioma firmamento/recodos calle feria esquinas/ ya no preciso referencias
San Antonio de Areco y la Ciudad de Rosario: Postales de dos Argentina disímiles.
Texto y Foto: Juan Carlos Rivera Quintana.
Un pasaje del reconocido libro gauchesco: “Dos Segundo Sombra”, de Ricardo Güiraldes, oriundo de San Antonio de Areco dice: “En las afueras del pueblo, a unas diez cuadras de la plaza céntrica, el puente viejo tiende su arco sobre el río, uniendo las quintas al campo tranquilo...” Y es tal cual se describe en ese cruce entre el suburbio y la huella pampeana de San Antonio de Areco: una versión rural en clave de pachorra y sosiego, a tan sólo 113 kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires.
Allí parece como si el tiempo estuviera detenido para siempre entre paradores y parrillas al asador; calles largas y estrechas; bicicletas dejadas al descuido en las veredas; coches tirados por caballos; perros vagabundos; parques casi desiertos; casas coloniales; posadas turísticas e innumerables naranjales, cargados de frutos, donde los pencos sueltos se tiran a descansar indiferentes o ramonean entre el verde de los bosques.
Para llegar a Areco tan sólo basta tomar la ruta No 8 y en apenas hora y media, ya te encuentras en esa versión casi atemporal de campiña y pasado, pletórica de tropillas gauchescas, peones que siembran sus huertas, ciclistas entretenidos y comadres que chismorrean en las esquinas o en las entradas de los viejos almacenes y ancestrales pulperías. Sólo alguna que otra camioneta moderna te rompe el hechizo del pasado como para recordarte que estamos en pleno siglo XXI.
Uno de los lugares encantados de esa villa es – sin dudas - el Puente de los Martínez, construido en 1857, que con el tiempo fue apodado por los arequenses el Puente Viejo. Me contaron que fue el primer peaje que tuvo la Argentina, en 1857, en el antiguo Camino Real que comunicaba Buenos Aires con Potosí, pero hoy considerado Monumento Histórico Nacional, está pintado de rosa viejo y sus arcos permiten a los paisanos quedarse a disfrutar la calma del Río Areco, cuyo color terracota resalta recortado por las riveras verdosas de grana con añejos cipreses, robles, liquidámbares y sauces eléctricos, que le dan un halo romántico y casi ancestral a esa comarca o observar a los pacientes pescadores de bagres sapos, bogas, doradillos y sábalos o escuchar una alegre guitarreada, que viene del monte.
Muy cerca de ahí, en el Parque Criollo, con sus espectáculos, de fin de semana, de destrezas criollas, carreras de sortijas y prueba de riendas, descuella el Museo Gauchesco “Ricardo Güiraldes”, 99 hectáreas de tierra con caballos, ganado vacuno y un viejo casco de estancia, inaugurado en 1938, donde vivió el afamado escritor – Primer Premio Nacional de Literatura - y su familia y aún se conserva el mobiliario, la biblioteca, las pinturas, la platería y los objetos de uso campesino y resero de los patrones y trabajadores de dicha estancia, junto a una notable serie de pinturas de Figari. Tampoco puede dejar de visitar el Museo “Las Lilas”, situado entre las calles San Martín y Alem, que acaba de agregar una colección permanente del artista plástico gauchesco Florencio Molina Campos, su famosa serie: “Los picapiedras”.
Y si quiere revivir el tiempo de antaño, como si se subiera a una máquina del tiempo, basta con tomarse un excelente café criollo en “El Tokio Bar”, una vieja pulpería, de 110 años de antigüedad, con un increíble piso de damero blanco y negro, a la vieja usanza, que colinda con casas de artesanías, telares y platería gaucha y se ubica en cruz, con la Esquina de Merti y las calles Arellano y Bartolomé Mitre, el centro de la movida pueblerina con sus peñas folclóricas en la noche. Muy cerca de este bar, la Iglesia San Antonio de Padua, que data de 1730, ha sido restaurada recientemente y deja escuchar, sábados y domingos, sus añosas campanas de bronce llamando a los parroquianos a las misas y rompiendo la habitual tranquilidad matinal.
Rosario no es sólo un nombre de mujer
Y a 250 kilómetros de Areco se levanta desapacible y estruendosa la Ciudad de Rosario, la tercera más populosa de la Argentina, ubicada estratégicamente en la provincia de Santa Fe y sobre la margen occidental del Río Paraná. Es esta urbe cosmopolita y culta; turística y abierta – conocida como la Cuna de la Bandera Argentina – epicentro agroindustrial y de tránsito fluvial por donde salen cereales, aceites y derivados nacionales con destino a otras naciones del MERCOSUR. Es esa ilustre y hermosa villa, que conjuga eclécticamente modernidad y pasado, sobre todo arquitectónico, y debe su nombre a la Virgen del Rosario, cuya imagen sigue siendo adorada por sus moradores, una puerta ancha de hospitalidad y rebeldía libertaria desde los años de su fundación, allá en los comienzos del siglo XVII.
Allí el auge exportador, bien administrado, ha traído consigo cierto aumento del consumo comercial, a pesar de la crisis económica internacional, y nuevas inversiones que han embellecido ediliciamente la metrópoli, dándole un aire de modernidad con sus edificios altos y acristalados, su concurrido paseo de costanera y el ir y venir de los rosarinos y turistas por la alta barranca de la margen derecha del río.
Por supuesto, no podría decir que estuvo en Rosario y no visitó el Monumento a la Bandera, en la calle Santa Fe, al 500, todo un símbolo patrio de la urbe, con su cripta al General Manuel Belgrano, su patio cívico, sus esculturas de travertino y bronce, su llama votiva al soldado desconocido y su sala de banderas latinoamericanas. Allí se respira historia y orgullo argentino.
No muy lejos de ese lugar, otro emblema citadino: el Bar “El Cairo”, ubicado en la intersección de las calles Sarmiento y Santa Fe. Dicho concurrido café restaurante, todo un culto a la amistad, estuvo muy ligado a una de las figuras más queridas de Rosario: el historietista el Negro Fontanarossa. Allí dicen que iba casi a diario para discutir de política, fútbol y mujeres (en ese orden) y era el lugar donde se inspiraba intelectual y creativamente para dar vida a las andanzas de sus personajes Inodoro Pereira y su perro Mendieta o Boggie, el Aceitoso o para escribir algunos de sus imaginativos cuentos.
Y si el tiempo le sonríe, a pesar del viento gélido de este invierno y las bajas temperaturas de junio, les recomiendo una buena recorrida por el casco histórico rosarino, con sus edificios afrancesados, sus vitreaux de vivos colores y sus líneas de estilo Art Nouveau, en torno a la Plaza 25 de mayo; una ida al Parque Independencia, pulmón verde de la urbe, asentado entre los bulevares Oroño y 27 de febrero; el hipódromo; el Museo provincial Julio Le Parc y el estadio de fútbol del Club Atlético Newell’s, Old Boy, que por estos días anda de jolgorio y batucada por su consagración como campeón del Torneo Final 2013, su séptimo título argentino de la era profesional al imponer a sus adversarios su estilo de juego, caracterizado por la presión sobre el rival, una defensa cerrada par evitar remates a portería y la apuesta de atacantes habilidosos. También una visita por el Alto Rosario Shopping, en la calle Junín 501, una pieza interesante de la arquitectura urbana, inaugurada en el 2004, con sus galpones de ladrillos a la vista, rescatados y conservados de las construcciones originales de principios del siglo XIX, que pertenecieran al ferrocarril y donde pareciera que está por llegar siempre algún tren de un paraje remoto de la provincia.
Al final, un paseo por la costanera norte, donde chalet, edificios y jardines se recuestan sobre la barranca del Paraná, con su delta calmo y las islas de fondo, con sus lagunas y arroyos. Y si prefiere la vida sana es la bicicleta el mejor medio para disfrutar de esa vista del río, con las ferias artesanales, los Mercados de las Pulgas del Bajo y el Retro “La Huella” y la rambla Catalunya. Y no se olvide no hay nada mejor que ver el atardecer sobre el Paraná o tras el puente Rosario-Victoria y degustar un exquisito plato de pescado de río o de mar, acompañado de un clásico vino tinto o un liso de cerveza Santa Fe, en el restaurante- parrilla Escauriza, uno de los mejores puntos panorámicos de la urbe. Sólo, entonces, comprenderá que Rosario no es sólo un nombre de mujer.
El Danubio ya no es tan azul
Texto y foto: Juan Carlos Rivera Quintana
Admito que llegué buscando un Danubio azul casi melancólico y cadencioso - como invoca el afamado vals de Johann Strauss - y me encontré un río que ya no tiene ese color, sino un gris casi metálico verdoso, pero que sigue siendo demasiado sosegado, casi silencio, suave y desbordante de altivez y elegancia, con esos puentes tan arquitectónicamente diferentes que le cruzan y hacen de Budapest, la capital de Hungría, ubicada en la región central de Europa, una de las ciudades más bellas de la región, entre las mejores habitables y un sitio idílico para vivir.
Y es que no hay nada como despertarse todas las mañanas y salir dispuesto al viaje, al descubrimiento por una ciudad fluvial, por una urbe llena de sorpresas, con barquitos y cruceros que van y vienen tranquilamente por ese gran espejo de cristal cárdeno que lo baña y colorea todo; con más de 30 líneas de viejos y modernos tranvías de color amarillo que enlazan prácticamente todos los barrios y distritos; con bisztros y cervecerías que están abiertos a toda hora donde la gente se reúne a conversar jovialmente y tomar alguna copa y comer el tradicional goulash (sopa sustanciosa hecha de carne de vaca, patatas y cebollas y especiada con pimentón o paprika), visitar alguna tienda de ropa vintage, donde puede encontrar algunas sorpresas increíbles o adentrarse buscando recuperar bienestar físico en los antiquísimos palacios, que funcionan como baños termales (unos 47) con propiedades sanativas. También puede recorrer calles, barrios y pasajes con huellas históricas y edilicias que se remontan a más de 2.000 años. Es tan genuina y auténtica que Budapest, en comparación con otras metrópolis centroeuropeas – como Praga o Viena - no tiene nada que envidiarles y su visita nunca desilusionará.
Considerada la capital más poblada de Europa centro-oriental, la urbe una verdadera arteria industrial, financiera y comercial, ocupa una superficie de 525 kilómetros cuadrados y su núcleo metropolitano posee una población de 2,38 millones de habitantes. Aún así rara vez se la ve atestada y agobiada y siempre mantiene cierto refinamiento y encanto casi patriarcal con algunas zonas más venidas a menos. No sé si será porque es una ciudad calma, de escaso ruido y muy poca polución y sus moradores hablan bajo y se comportan civilizadamente.
Ocupando las orillas del Río Danubio, Budapest se divide en dos grandes comarcas con personalidades bien definidas, donde vivieron celtas, romanos, tártaros, turcos, germanos y austriacos y hoy viven sus descendientes: las medievales, antiguas y palaciegas Buda y Óbuda, en la rivera Oeste y en la zona elevada, casi una verdadera atalaya con las mejores vistas panorámicas, y Pest, en la orilla Este de la llanura y con aires más modernos.
Antes de la ciudad y los puentes.
Y sin dudas, el mejor lugar para comenzar la visita citadina es la colina de Buda, adonde se puede ascender en funicular o por los propios pies subiendo las escarpadas calles y escaleras, si se tiene energía y juventud, o en el autobús de la colina. Desde allí podrá divisar el río en todo su esplendor, el Parlamento y algunos de los ocho puentes, entre los que se destacan el Puente de las Cadenas con sus leones de piedra caliza que le custodian, el Puente de Elizabeth y el Puente de Margaret (diseñado por un ingeniero francés, discípulo de Eiffel), lo que explica sus aires parisinos. No podrá dejar de visitar el edificio más emblemático e impactante: el palacio Real o Castillo de Buda y sus excelentes jardines (en húngaro: Budai Vár), antigua morada de los reyes húngaros, famoso por sus edificaciones medievales, barrocas y muy eclécticas, debido a las continúas remodelaciones que ha sufrido como consecuencia de las numerosas guerras y bombardeos sobre la ciudad, durante su devenir histórico. También de allí podrá divisar, en la otra orilla, el Parlamento (en húngaro: Országház), uno de los edificios neogóticos más impactantes y lujosos de Europa, decorado en mármol y oro, con su cámara de la Santa Corona y centro de las reuniones de la Asamblea Nacional y la legislatura bicameral húngara. En la actualidad, dicho palacio está en refacción y no se permiten visitas.
En la zona e instalada en una amplia sección del Palacio Real se ubica la Galería Nacional de Arte Húngara, que reúne la más importante colección de arte magiar del mundo – más de cien mil obras -, desde la Edad Media hasta el siglo XXI. En la actualidad, se exhibe, además de sus seis exposiciones permanentes, una itinerante de pinturas de artistas impresionistas y post-impresionistas, del calibre de Monet, Gauguin, Vang Gogh, Renoir, Merse, el húngaro Mihály Munkácsy y otros afamados creadores internacionales que la recomiendo especialmente.
Y si usted es de los que gustan de paseos en pequeños cruceros le sugiero una navegación de una hora y media, con algunas paradas intermedias, por el Danubio – que es realmente imperdible - y desde sus aguas tranquilas allí podrá avistar muchos edificios increíbles y hacer las delicias de la lente de su cámara fotográfica o hasta realizar un alto en la Isla Margarita, popular coto de caza de los reyes medievales y sitio recoleto de monjes, hoy con restaurantes, jardín japonés, iglesia franciscana, balnearios de aguas medicinales y hasta un zoológico para los más pequeños de la familia.
Pero no se puede visitar la ciudad y no conocer algunos de los 47 balnearios o baños termales, algunos con aguas sulfurosas, que le han dado tanta fama mundialmente. En ese caso puede llegarse al Széchenyi, que está ubicado en un sorprendente edificio, de estilo neogótico, del Parque Városliget y posee piletas cubiertas y al aire libre, sala de masajes y hasta saunas y están considerados los más grandes de Europa. O bien puede llegarse al Gellért, uno de los más elegantes de la ciudad, ubicado en el Hotel del mismo nombre y allí entre columnas romanas de mármol, el mobiliario original, estilo secesionista, y los coloridos mosaicos de Zsolnay, estatuas y porcelanas podrá adentrarse en sus piletas que poseen hasta un sistema de olas artificiales.
De seguro el día no le alcanzará para tantas excursiones y aventuras. Quizás darse una vuelta por el gran puesto de frutas, verduras y alimentos, el Mercado Central, que fue reconstruido en 1999, un gran paseo de compras y degustaciones regionales, con manjares y bebidas a precios populares, donde puede además admirar la arquitectura Art Noveau del lugar y adquirir algún recuerdo del viaje y hasta conocer los productos que más se consumen en la ciudad. Allí – muy cerca del Boulevard Vámház, frente a la Plaza Fővám, y muy cerca del Puente de la Libertad, verá al húngaro en su trasiego cotidiano buscando lo que precisa su familia para la consumir durante la semana, como el kolbász, un salchichón especiado; el distinguido queso de cabra y las verduras de estación para las fabulosas sopas domésticas, que resultan el primer plato en toda cena húngara. También será preciso recorrer el barrio judío, con sus restaurantes kosher, pequeñas sinagogas y tiendas y la Gran Sinagoga, la mayor de Europa, un templo de inspiración bizantina, con capacidad para 3 mil personas y en cuyos alrededores, durante la Segunda Guerra Mundial (1944), se armara un gueto, desde donde cientos de miles de judíos fueran trasladados a los campos de exterminio.
Pero el paseo por Budapest no estaría completo si no camina por Váci utca, el corazón de la ciudad, una de sus arterias vivientes, ideal para descubrir el verdadero ambiente popular y cierto refinamiento húngaro. Dicha avenida, abarrotada de vecinos y turistas, constituye el centro social y comercial de la ciudad; la parte sur, un gran paseo con sus grandes almacenes de moda, boutiques exclusivas de porcelanas y cristal y tiendas deportivas, que intentan rescatar la nueva tendencia consumista de un capitalismo llegado tardíamente al país, después de las escaseces propias de un comunismo finiquitado, y la norte, sitio para beber y comer hasta altas horas de la noche. Allí entre edificios de estilo postmoderno, como La Fontana, The NewYorker y grandes marcas, como Zara, Lacoste, Swarovski, Hugo Boss, que ocupan los palacetes de la otrora burguesía nacional, se ubica uno de los más reconocidos cafés de la ciudad: el Gerbaud, ubicado en la Plaza Vorosmarty, una de las confiterías más refinadas, tradicionales y famosas de Europa, cuyos dulces – por sus sabores y decoración - tienen fama en toda la región. Y ni hablar de su mobiliario y elegancia. No por gusto, cada año se reúnen los ciudadanos allí para recibir las Navidades bajo sus ventanas.
Para el final, puede quedar una visita a algunos testimonios edilicios de la turbulenta historia de Budapest, desde el siglo XIII: la Iglesia de Mátyás, con su rosetón neogótico y sus nuevos tejados de azulejos, que rememoran en la distancia la ocupación turca en la ciudad; la coronación del rey Franz József, y posteriormente, los bombardeos soviéticos, durante el sitio de Buda, en 1944-45. Allí en verano se ofrecen excelentes conciertos de música clásica.
Tampoco puede faltar una recorrida por el Parque de las Estatuas, vestigio de la época comunista. Y si la mayoría de las naciones integrantes del bloque soviético destruyeron sus monumentos que recuerdan esa etapa, tras la caída de sus regímenes autoritarios, los húngaros los conservaron y reunieron en ese lugar. De ahí que podamos ver homenajes a Marx y Engels, a Lenin, al comunista húngaro Béla Kun, que dirigió brevemente el país, y hasta el monumento al movimiento obrero y a la amistad húngara-soviética.
Nada que, sin dudas, Budapest tiene un encanto particular… sosegado, citadino, elegante y calmo. Y siempre nos recuerda que antes de esa ciudad y los puentes que la cruzan ya había un río que pasaba: el Danubio, ahora ya no tan azul, pero igual de seductor y poético.
Egon Schiele y Viena o la inmortalidad y el sosiego (o viceversa)
El Museum Quartier, antiguas caballerizas imperiales, hoy ciudad de exposiciones y de encuentro de artistas, vieneses y turistas.
Texto y foto: Juan Carlos Rivera Quintana
Está posando completamente desnudo, en una posición casi esperpéntica, incómoda y exhibe un cuerpo escuálido, casi mal alimentado, desde el inmenso cuadro, titulado: “Autorretrato”, que se muestra en una de las salas del “Leopold Museum”, en Viena. Egon Schiele (1890-1918) es de esos artistas que imantan desde el primer acercamiento. Su trágica desaparición, con tan sólo 28 años, víctima de la gripe española - que le contagió su amada Edith – fue un verdadero cimbronazo para el panorama de las artes plásticas austriacas, inmersas en ese momento en lo que se llamó la Secesión, un movimiento que intentaba romper con los cánones adocenados del arte refinado y proclamaba a los cuatro vientos sus rupturas y libertades.
Hoy, frente a sus autorretratos, retratos y paisajes, de los más interesantes que muestra dicho museo - un cubo postmoderno de piedra caliza, ubicado en las antiguas caballerizas imperiales y convertido actualmente en un amplio barrio de cultura y de exposiciones – conocido como el Museum Quartier, donde se exhiben las más fascinantes colecciones de arte tradicional, moderno y contemporáneo de Austria, uno no puede más que quedar impávido y turbado. Y es que Schiele con sus acuarelas, pinturas y dibujos fue uno de los emblemas de dicho grupo de artistas – entre los que se ubicaban Gustav Klimt; Henri Matisse, Edvard Munch y Vicent Van Gogh - que proclamaba la pureza y funcionalidad de las artes y creía abiertamente en la dimensión emocional de sus modelos desnudos, que incluso fueron catalogados como pornográficos y tuvo que pagar injustamente con un arresto preventivo de tres semanas de cárcel y hasta la quema pública de uno de sus obras.
Pese a esto y aunque han pasado cientos de años Viena sigue ahí, delicada, elegante, rebosante de encantos y exhibiendo su antigua grandeza imperial, con sus palacetes, sus bares antiguos con aires intelectuales, agrupando a una bohemia interesantísima, dándole protagonismo a la vida cultural y haciendo de la estadía de cualquier mortal, interesado en las artes, una verdadera orgía para los sentidos.
Y es que resulta atractivo levantarse, cada mañana, con el sonido de los tranvías modernos que circulan por la calle y hacen un ruido peculiar, como de pellizcos metálicos y escuchar sonar, además, las ocho campanadas de la iglesia, cercana al Cordial Theaterhotel, en la Josefstadter Strasse, No. 22, y salir a recorrer una urbe palpitante, que muta todo el tiempo y vive intensamente un clima cultural infrecuente para cualquier metrópoli de un glorioso pasado.
Un brochazo de sol en la vereda
Entonces no quedará más que encaminarse a vivir el arte. No hay otra… en Viena ese es el aire que se exuda: el Leopold Museum; el MUMAK (Museo de Arte Moderno, de la Fundación Ludwing), construido post-modernamente con lava de basalto gris y pisos de cristales en muchos de sus escaleras y sus otros centros de muestras, emplazados alrededor de los seis patios del complejo Quartier, donde se dan cita jóvenes artistas, diseñadores, turistas y vieneses para almorzar frugalmente las deliciosas y delgadas salchichas ahumadas o se toma un rico café, acompañado de la célebre pastelería de la ciudad: la Sachertorte, deliciosa tarta cubierta de una capa de mermelada de albaricoque sobre la que se vierte otra de chocolate, o el Apfelstrudel, realizado con pasta de manzana, canela, pasas de uvas y azúcar glacé.
Y si de recomendaciones se trata sugeriría al recién llegado, en la noche, asistir a una de las presentaciones de las diversas orquestas operísticas que se presentan en la ciudad. Particularmente pude asistir a la Musikverein-Goldener, donde se presentó la Orchestre Mozart de Vienne, cuyos excelentes músicos y cantantes lucían los trajes y pelucas de época, en la segunda sala de mejor acústica del país y Europa.
Tampoco podrá soslayar una recorrida por el Stepahansdom, la catedral de estilo gótico, que domina el centro de Viena; el Rathausmann, imponente edificio que funciona como el Ayuntamiento de la ciudad y donde se ofrecen, en verano, festivales de música clásica y cine, y en invierno se habilita una pista de patinaje sobre hielo; el castillo medieval Hofburg, antiguo palacio imperial, con sus numerosas salas, patios y jardines, que reflejan el glorioso pasado nacional y por donde, con un poco de imaginación, se puede ver arrastrar los delicados vestidos de la princesa Isabel de Baviera, conocida cariñosamente como la Emperatriz Sisí; la antigua residencia de verano del príncipe Eugenio de Saboya, el general más famoso de los Habsburgo, recordada como el Palacio Belvedere, uno de los más ambiciosos proyectos arquitectónicos –de estilo barroco - con sus jardines franceses y sus espaciosas salas de exhibición, donde se puede ver desde el autorretrato del pintor expresionista Richard Gerstl (1883-1908), pintado el mismo año en que decidió quitarse la vida, hasta algunas de las más representativas obras de Gustav Klimt (1862-1918): “El beso”, realizada con toda la imaginería de los mosaicos venecianos, y su sensual mural y más conocida obra: “El Abrazo”, de temática abiertamente erótica.
El Schloss Schönbrunn, precisa una visita aparte y es recomendable para comenzar una jornada cuando el sol – mejor si es verano – comienza a dibujar sus veredas, aposentos, corredores, cuartos, comedores, ventanas e inmensos fuentes y jardines, con sus Ruinas Romanas, repletas de estatuas mitológicas. Dicho palacio, de estilo rococó, que recibe la visita anual de 110 mil personas, fue la antigua residencia de verano de los Habsburgo y su ubica en una zona boscosa de las afueras de la urbe. Allí no puede dejar de ver la Gran Galería, decorada con estuco blanco y dorado y sus arañas y espléndidos espejos, donde pareciera que todavía se van a volver a reunir, en negociaciones de paz y en plena Guerra Fría, el presidente Kennedy y el premier ruso Khruschev, en 1961, en ese puente tejido, entonces, por Viena entre los países comunistas de la Europa del Este y el Occidente capitalista.
Para el final y como una nota de color puede darse una vuelta, utilizando el cuidado, puntual y moderno Strassenbahn, como los germanos llaman a sus tranvías, o el servicio de subtes, y luego caminar rumbo, a la Löwengasse Strasse (calle), para visitar el Hundertwasserhaus, un muy poco convencional edificio - diseñado por el arquitecto austriaco, Friedensreich Hundertwasser - con balcones y tejados ajardinados; vivos azulejos, negros, blancos y dorados y texturas naranjas, azules y blancas en sus paredes, residencia que intenta acercar la naturaleza a las 200 personas, que habitan sus 50 apartamentos. También no vendría mal y para completar toda la información cultural una recorrida por Karsplatz y detenerse ante uno de los más finos ejemplos de la arquitectura de estilo Jugendstil vienesa: el gran Edificio de la Secesión, una construcción cúbica, de color blanco y dorado, con sus macetas níveas y azules y sus cabezas de gorgonas y búhos de la fachada, apodado cariñosamente como el “Repollo Dorado”, en alusión a su cúpula realizada, con más de 3 mil hojas de laurel, de ese llamativo color. Dicho edificio de forma basilical construido para albergar la obra de los artistas plásticos del Jugendstil, el modernismo, el Art Nouveau o el Secesionismo vienés, expone entre unas 12 a 15 muestras de arte por año y se destaca por el famoso “Friso de Beethoven”, un mural que ocupa tres paredes, realizado por Gustav Klimt, entre 1901-02, que se basa en la interpretación que hace Richard Wagner, de la Novena Sinfonía, de Ludwing van Beethoven y que está considerado como una de las obras cumbres del Art Nouveau vienés.
Viena hace gala todo el tiempo de su sobria arquitectura imperial, con sus fachadas barrocas y clasicistas y se precia de ser la capital de la cultura musical y operística del mundo con un cuidadoso y responsable cultivo de la importante herencia y tradición europeas. Ella es una de las más bellas urbes de Europa… emana arte y es uno de los lugares paradisíacos, del llamado Primer Mundo, para vivir con confort, elegancia y sosiego. Sus vientos bohemios e intelectuales se mantienen a pesar del paso de las centurias. No por gusto fue la urbe que Egon Schiele - ese pintor cuyo quehacer plástico bien pudiera representar toda la cultura vienesa - escogió para desplegar su relevante obra. Por sus calles aún retumba aquella frase creativa de Schiele, que se convirtió en paradigma creativo de toda una generación: “el arte no tiene que ser moderno, tiene que se eterno”. Sin dudas, ese es el aura que transpira dicha metrópoli, bañada por soplos de inmortalidad y belleza.
Venecia: En sus canales…ángeles vivos.
Texto y foto: Juan Carlos Rivera Quintana
Se enciende el cono blanco de la pantalla de la computadora, en el avión de Luthansa, que esta próximo a llegar a la ciudad de los canales y aparece Gustav von Aschenbach - interpretado por Dirk Bogarde –un compositor alemán que acaba de sufrir un rotundo fracaso con el estreno de su última obra. Es el filme: “Muerte en Venecia”, del realizador franco italiano Luchino Visconti, basada en la novela homónima de Thomas Mann, que transcurre en el verano de 1911 y donde Gustav se refugia en el lujoso “Hotel des Bains”, todo un bastión de la belle époque italiana e intenta buscar sosiego y recuperar la juventud que se le escabulle irremediablemente.
A su alrededor todo tiene la misma patina decadente que su persona y el Lido, esa isla enclavada frente a Venecia, que reposa sobre el Mar Adriático, da también albergue a una familia de veraneantes polacos, donde el joven Tadzio, de una belleza casi andrógina, llama la atención del desalentado músico y se comienza a tejer un amor difícil.
Al final, sobreviene la famosa escena, casi de culto entre los cinéfilos, en la cual Gustav abandonado a la epidemia de cólera que asota el balneario, se queda impávido mirando al adolescente polaco bañarse en el mar, sin dirigirle una palabra, mientras su sudoración de muerte comienza empaparlo y se le corre el maquillaje y el tinte oscuro del pelo, que dejan ver sus canas y el paso de los años que quiere ocultar. En ese estado de éxtasis y contemplación mortal queda Gustav, sentado a orillas del mar.
Bajo esa atmósfera casi elegíaca y el Adagio de la 5ta sinfonía de Mahler, que envuelve el filme, comienza a descender mi avión sobre Venecia, esa ciudad construida en un archipiélago de 118 pequeñas islas, famosa por sus 150 canales y sus cerca de 400 puentes. Y desde la escotilla puedo divisar ya el ir y venir de las muchedumbres turísticas por los barrios o sestiere, los campaniles de las iglesias, la entrada de los cruceros, los palacetes renacentistas, las piazzas y el paso afiebrado de los vaporettos y las góndolas sobre la laguna en pleno verano veneciano. Y hasta logro detectar el “Hotel des Bains”, ahora cerrado desde hace dos años por reparación, que parece dormir un sueño eterno y mortecino.
¿Segundas partes siempre fueron buenas?
Y es que Venecia, capital de la región venéta italiana, apodada además la Serenísima, conserva un acervo cultural inconmensurable, proveniente de su historia milenaria. No en balde fue reconocida por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad, en 1987. Allí, en su casco histórico, sus basílicas y su laguna se han labrado sus años de fama legendaria y sigue siendo el sitio de culto para los amantes que hacen de ella una alucinación mística… memorable.
Por eso para el recién llegado en aventura turística todo resulta casi onírico, una ensoñación casi espectral, matizada de color siena y humedad corrosiva. Para quien, como yo, ya viene por segunda vez el viaje se torna en paseo más tranquilo y de observación aguda… un reencuentro con un lugar en el mundo que me hace feliz, una segunda oportunidad de poesía visual por cuatro días.
Venecia en verano resulta otra, tiene su alteridad. Los rayos incandescentes caen oblicuamente sobre los canales y el viento caliente te corta la cara. La luz es otra, casi más brillante, enceguecedora e incide sobre los palacetes, las plazas y los puentes dándoles una apariencia medieval casi literaria y fantasmagórica. Y si antaño, en el año 421, en pleno siglo V d.C, cuando surgió, fue asiento de pescadores y comerciantes que llegaron a dominar los mares europeos y, posteriormente colonia francesa y austriaca hasta ser incorporada a Italia, hoy es una urbe detenida en el tiempo, casi con el mismo aliento rancio con que fue fundada y ello resulta – sin lugar a dudas- su carta de presentación y triunfo.
Lo que si no resulta un espejismo es el encanto y la fascinación que ejerce esa ciudad, donde las 90 basílicas con sus campanadas agoreras, que antaño anunciaban la hora, los nacimientos, las muertes, la llegada de los buques, asambleas y hasta incendios, constituyen una huella visual y auditiva del lento transcurrir del tiempo. ¿Pero, de dónde parte su originalidad, su encanto y abolengo? Creo que de su ambiente, casi una locación cinematográfica antiquísima, imagen que se retiene de esos islotes que afloran por sobre la laguna y esas estacas que antaño constituían la base para nivelar los palacetes y duomos.
Se cuenta que la emblemática Iglesia Santa María Della Salute, enclavada en la Punta Della Dogano, (Punta de la Aduana) inició su proceso de construcción, allá por el año 1630 y fue necesario clavar unas 1.106.657 estacas de roble, aliso y alerce para tejer la balsa que la soporta ediliciamente y la sostiene sobre el agua. Su aire casi místico y contemplativo, realzado por las obras de Tiziano, que aluden a escenas de vida y muerte, ocurridas en el Antiguo Testamento, evidencian que dicho templo fue una ofrenda de los habitantes venecianos, luego del diezmo que sufrió su población, debido a la epidemia de peste del 1600. Hasta allí en sus barcazas acuden los residentes para rezar, durante la “Festa del Redentore”, una de las jornadas populares más queridas y participativas de la ciudad.
Pero Venecia está plagada de obras pictóricas y escultóricas, mayoritariamente eran los grandes artistas del Véneto de cada época los que recibían la encomienda de decorar los templos y ello explica la magnificencia de sus cielos rasos y sus frisos. Durante mi visita se estaba celebrando la 55a Bienal de Venecia, una de las citas del arte contemporáneo más importantes en Europa y el mundo. Allí en los ambientes íntimos y relajantes de los Giardini ex Reali (Jardines Reales) y en Arsenale (galpones que conforman el antiguo astillero y base naval) y otros palacetes tenían lugar los escenarios de exhibición de las muestras: 88 pabellones nacionales y 49 exposiciones reunían el quehacer de los artistas más originales y emergentes de todo el planeta, con unas 4.500 obras en total.
Impactante – sin dudas – la muestra del ejército de “Venecianos”, del artista polaco Pawel Althamer, quien modela las caras y las manos de algunos venecianos y posteriormente añade cuerpos compuestos por rizos de plástico que resultan un retrato surrealista de la ciudad y sus habitantes. Destacado además son las instalaciones del escultor y disidente chino, Ai Weiwei, quien participa en representación del pabellón alemán y que con su muestra paralela, ubicada en la Iglesia San Antonio, titulada: S.A.C.R.E.D, recrea y denuncia – casi fotográficamente y a modo de maquetas- los 81 días que pasó detenido por el régimen de su país natal. Su cautiverio y la claustrofobia del encierro pueden ser seguidos, a modo de voyeur por los asistentes, a través de pequeñas ventanas, como incisiones, en las paredes de la cárcel que crea el artista.
Estuarios y litorales coloridos
Visitar las islas del estuario y las poblaciones de pescadores litoraleños a Venecia resulta una experiencia inolvidable. En el paisaje lagunar afloran los islotes recubiertos de escasa vegetación marina y poblados de gaviotas en verano. Desde el vaporetto – por tan sólo 20 euros – una excursión nos lleva a las islas de Murano, Burano y Torcello, en un recorrido de unas tres horas y media.
Murano, conocida como la isla del vidrio, fue levantada gracias a la popularidad de muchos de sus patricios, convertidos en maestros vidrieros, capaces de crear artísticamente un cristal - con sílex y álcalis especiales, que en su momento fueron secretos, y conseguir formas y colores sorprendentes. De esa manera ganaron fama internacional y mucho dinero, lo que les posibilitó levantar sus palacios e iglesias.
Burano, una isla, ubicada a 7 kilómetros de Venecia, estuvo habitada durante mucho tiempo por frailes franciscanos y conserva hoy todo el encanto de sus casitas, en hileras, con fachadas de vivos colores al pie de los pequeños canales y un inclinado campanile de la Iglesia San Martín, que se divisa desde la lejanía marina. Allí sus mujeres han sabido crear con sus propias manos y la sapiencia de costureras y tejedoras encajes hermosos de hilos que le dan renombre en el área y los hacen muy codiciados por los turistas. Manteles, tapetes, vestidos, cubrecamas componen la gama de souvenirs que los recién llegado buscan y compran, junto a las famosas bussolà di Burano, un delicioso roscón tostado, hecho a base de huevos, harina y mantequilla.
Al final, nos espera la isla Torcello, ubicada en el extremo septentrional de la laguna veneciana. Dicho asentamiento casi abandonado posee, hoy, una escasa población (unos 20 habitantes) y resulta un remanso de paz y sosiego. En sus inmediaciones las ciénagas y las aguas pantanosas han ido ganando terreno. Sus dos principales estructuras arquitectónicas, aún en pie son la Basílica, de estilo bizantino, de Santa María Asunta, fundada en 639, y la Iglesia de Santa Fosca, que data de los siglos XI y XII, rodeada por un pórtico en forma de cruz griega hermoso. Allí los turistas suelen sentarse en el llamado Trono de Atila, un asiento de piedras frente a dichos templos.
Pero el Lido, la extensa costa de dunas naturales y arena dorada, de 12 kilómetros, que llega hasta Chioggia, esa lengua de tierra firme formada por el detritus de los ríos y mares, suele quedar en la agenda turística siempre para el último día. Dicha isleta - una defensa importante para Venecia de la violencia del mar – es una playa de moda, uno de los principales destinos veraniegos de Italia, donde incluso se celebra, anualmente, el Festival de Cine de Venecia y la Bienal de Arquitectura. Allí sus chalets o cottages, de diversos estilos, con sus jardines, palmeras, canales y yates constituyen una verdadera fiesta visual para el turista.
Las elegantes playas del Adriático, sumergidas en un parque natural, muy cerca de Venecia, comenzaron a consagrarse como el lugar favorito para la jet set internacional y los amantes de la buena vida, renombradas junto a otros paraísos europeos similares, como Biarritz y Ostende. Allí la Playa Des Bains, frente al hotel del mismo nombre (hoy tristemente cerrado y tapiado); la Excelsior, cuyas casetas de tela blanca frente al mar constituyen un importante punto de encuentro de muchos actores famosos y su hotel de cinco estrellas, de estilo mudéjar tradicional, terminado en 1908 sigue siendo, para los que estiman las hotelería de alta gama, un sitio preferencial. Tampoco debemos olvidar el l'Albergo Quattro Fontane, con sus jardines floreados, donde la gente se sienta a conversar tranquilamente al amparo de las sombrillas amarillas y un buen café.
Sin dudas, Venecia y sus alrededores tienen sus atractivos y secretos. Sólo hay que buscarlos entre zaguanes, palacetes, canales y ángeles... y quizás entre canciones de gondoleros en barcazas, interpretando el clásico italiano: O Sole mio, cuya letra nos recuerda que siempre hay un sol más bello, el que está al frente nuestro.
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