lunes, 15 de diciembre de 2014

Y si el caos llega....


Obra de la artista cubana Liliam Cuenca.


"Antes de todos los seres estaba el Caos, luego la Tierra de ancho seno”. 
   (Hesíodo).



Por: Juan Carlos Rivera Quintana.


Si salimos vivos de esta recogeremos el polvo lunar de nuestros muertos. Y lo esparciremos por la tierra para que germinen las semillas benignas. Y todos tengamos proyectos, pan y compañía for ever(palabras que por apacibles se van eclipsando en la desventura). Si emergemos indemnes todavía nos volveremos a mirar sin penitencia... Entonces quizás nos sentemos en el patio a restaurar lo que Pudimos fundar y dejamos al libre albedrío de una tensa calma, Si tan sólo por una millonésima de segundo el vaticinio se cumpliera Y terminásemos convertidos en radiación dispersa fuera de la órbita terrestre. Quizás con antelación nos de tiempo a rezar - inevitablemente de rodillas - pidiendo condescendencia por nuestras faltas inconfesables, sin excesos de arrepentimientos y podamos prender una incorpórea vela para alumbrar como un gran faro todo el Universo. Te repito – por última vez - que si salimos con energías y el ácido cianhídrico no nos nubla la mirada, jamás volveremos a no escuchar al otro/a. No envidiaremos la felicidad de los amigos y ninguna otra vez atormentaré mis ojos con cierta música triste que me recuerda la isla solitaria que enterré en el mar. Si el Caos - por un momento- volviera a desconcertar nuestras existencias y se alineara jadeando inclemente como un animal salvaje sobre nuestras cabezas te confieso que no me inmutaría ni por un segundo... dejaría que el impacto del choque me arrastrara hacia la Nada y sólo pensaría en mi hijo que vivió menos que yo cuando merecía más tiempo para perder toda esperanza. Pero – si como vaticinan – el cometa Elenin virara su cola hacia nosotros en su heliocéntrica caída y nos llenara de légamo, rocas y marasmo desde el hemisferio norte, únicamente atinaría a olvidar que es octubre y que tu y yo hemos vivido una aproximación mucho mayor que los 0,23 Unidades Astronómicas con que tardíamente esa torpe bola de fuego rozará la Tierra.

Cetáceos varados en el litoral.


Obra del artista cubano Humberto Castro.

“Voy hacia lo que menos conocí en mi vida: voy hacia mi cuerpo”.
Héctor Viel Temperley*, “Hospital Británico”.

Por: Juan Carlos Rivera Quintana

Era una sensación indócil que estaba lejos del aire austral, como un olor a zooplancton, a cardumen de salmón real, a arenque joven, que desataba el frenesí devorador, como una exhalación de aguas cálidas que trepanaba los huesos y agujereaba la cabeza buscando un resquicio para llenar de aromas aquellas remos inmensos de ángel fuera de todo alcance. Era más bien un deseo lúdico, gregario, un viaje migratorio, un acomodo entre la manada, un buscar algo olvidado, pero perentorio cuando ha llegado la hora del éxodo y se presume que terminaremos confundidos en una cala errada. Era recordar un mar calmo con olor a lluvia y los sargazos tiernos de la infancia y escuchar el sonido de los sonares de los grandes buques que se iban incrustando en las extremidades anteriores y nos nublaban la vista llevándonos a donde no debiéramos, como un mal canto de sirenas, una celada, una encerrona fatal que paralizaba nuestras pulsaciones ultrasónicas y nos lanzaba contra las rocas. Dejábamos todos los sentidos bajo un sol de verano que resecaba la piel y nos tumbábamos boca arriba perdiendo toda esperanza, clamando desesperadas por socorro con alguna lágrima en el hueco del ojo, picoteados por las gaviotas que hacían sangrar ferazmente nuestros lomos. Entonces era imperioso seguir nadando hasta donde ya no se pudiera, o encontrar el fondo e interrumpir la respiración para seguir buceando hasta divisar el santuario, el final del trayecto, el Dorado que todos buscamos, aunque llegásemos sin energía vital, dando señales suicidas de no poder seguir, de no querer recomenzar. Sólo en ese instante recordaba dar gracias a las aguas porque en ellas mis aletas todavía hacían ruido de alas (*)

Codornices en la nieve



Obra de la artista cubana Zaida del Río.

Texto: Juan Carlos Rivera Quintana

En mi casa, de La Habana, nunca pusimos un árbol de Navidad. Mi madre venía del campo pinareño, de La Grifa, donde era tan pobre cosechando tabaco en esa vegas de Vueltarriba y Vueltabajo, que resultaba muy difícil para ella y su familia pensar en comprar arbolito, bolas de cristal, luces de colores, nacimiento del Niño Jesús y demás cachivaches para engalanar el living en esas festividades. Y ni pensar en algún regalito que te dejara Santi Claus. Papá Noel – para nosotros – siempre se perdía y no llegaba a casa. Mi madre intentando justificar la desidia del gordo panzón del abrigo rojo decía que como en casa no había chimenea siempre el trineo pasaba, pero nunca podía dejar nada y luego de semejante embuste se reía con malicia mundana.
Lo más cercano a la Navidad que recuerdo en mi casa era un cuadro impersonal e inmenso con una reproducción litográfica de unas codornices desangeladas en la nieve y un pequeño trineo, abandonado en el frío de una escena aburrida, pintada por un autor desconocido, que un buen día y cuando ya yo era grande y con algo de conocimiento pictórico, en un ataque anti-kisch, quité de la pared y tiré detrás de un espejo del cuarto de mi madre como intentando borrar la abulia de una vida mirando ese cuadro tan triste . Eso sí nunca, a pesar del mejor pasar económico al conocer a mi padre, mi madre tuvo entre sus pasatiempos y preocupaciones comprar un arbolito de Navidad y plantarlo en el living de mi casa para esa festividades. Quizás por ello cuando la Navidad desapareció por decreto gubernamental de Fidel aludiendo que “eran festividades religiosas en un país ateo”, donde se intentaba poner a la iglesia católica en el sitial de lo prohibido, nunca echamos de menos ese ritual y nos acomodamos sin chistar, como tantos otros isleños y una vez más, a las resoluciones partidistas.
Recuerdo que el primer árbol de Navidad que ayudé a poner en la isla lo había traído la artista plástica Zaida del Río, en 1990, de Francia. Ella había ganado una beca, de un año, en la Ècole Nationale Supérieure des Beaux-Arts, en París, y con sus ahorros trajo un abeto mediano, imitación natural, pero de plástico, las bolas y cristales inimaginables para montar su primer árbol de Navidad en su pequeña casa, ubicada en pleno centro de El Vedado y a tan sólo pocas cuadras del Comité Central de PCC. Esa labor, realizada entre los dos casi como un ejercicio lúdico y de independencia, pero ilegal, según los cánones políticos de aquella época en Cuba, nos llevó una hora y media y aún me parece estar mirando las lágrimas desconsoladas de la talentosa dibujante, ceramista, grabadora, litógrafa y poeta cubana cuando encendimos las guirnaldas y el arbolito cobró su vida de colores e imaginería entre algodones europeos que imitaban la nieve. Zaida, nacida en Guadalupe, una finca pobre de Zulueta, en Las Villas, en plena campiña cubana, había tenido siempre el sueño no cumplido de poder tener su propio árbol de Navidad y lo arrastraba, me confesó, como una frustración de su niñez.
Después cuando viví en Nicaragua por varios años, por razones periodísticas recuerdo que lo que más me gustaba de esa tradición y celebraciones navideñas era el gallo pinto (arroz con frijoles negros) que hacíamos y el lechoncito que horneaba en el horno de la cocina, con algunas cervezas de fuerte alcohol de ese país centroamericano y el baile con música de “Los Van Van” entre mis compatriotas y amigos. Pero tampoco se me dio nunca por poner un árbol de Navidad en mi departamento de Managua. Recuerdo que era tan exiguo nuestra paga como periodista y tanta la inflación y las fluctuaciones de los precios en los mercados de dicha ciudad, en épocas de revolución sandinista, del gobierno del comandante Daniel Ortega, que pensar en comprar un árbol de Navidad me hubiera dejado sin un peso para comer por varios meses y celebrar la añorada reunión de fin de año. Entonces eran otras las prioridades y el ritual del arbolito seguía quedando postergado.
Si me parece estar viendo el gran árbol iluminado insolentemente ante los ojos de la pobreza nicaragüense que en festejos navideños se ponía en el lobby del Hotel Intercontinental de Managua, construido como si fuera una pirámide indígena o en la Casa de la Prensa Extranjera, donde terminábamos siempre la noche de Año Viejo entre farras, bailes y amodorrados por el alcohol de caña, bebido excesivamente como todo buen cubano.
Y como siempre suele pasar la vida te va dejando cosas por hacer o uno las va posponiendo. Y ya cuando comencé a vivir en Buenos Aires, hace 16 años, y con recursos para tener un hermoso árbol de Navidad nunca quise poner uno, a falta de costumbre. Eso sí prefería tener una buena cena y un buen vino a mano para festejar en casa, estrenarme alguna ropa nueva y que mis amigos fueran pasando a tomar una copa para celebrar y desearnos los mejores augurios. Tampoco puede faltar un buen champaña para salir a la acera y brindar familiarmente con mis vecinos, en el primer y único encuentro social vecinal del año. Chocar las copas, hablar y beber champaña viendo los fuegos artificiales o lanzar algún que otro rompe-portones se convirtieron en el ritual que suplantó el armar el remanido arbolito.
Este año no sé por qué extraña razón, quizás el paso de los cincuenta años, me decidí a comprar uno.... mi primer árbol de Navidad. Lo llegué incluso a soñar pues ya le había visto en un bazar de Buenos Aires: era grande, inmenso, blanco como la nieve, alumbradísimo y de colores vivaces y estaba colocado en el recibidor de mi casa, en Flores, entre máscaras teatrales, cerámicas y cuadros de artistas cubanos. Pero – confieso- en el momento de comprarle preferí algo más discreto y pequeño, un árbol de madera verde de no menos de 30 centímetros, como un retablo, lleno de muñequitos sonrientes que se quitan y ponen de año en año, todos de madera y colores brillantes, que se venden en las casas de diseño. Y terminé colocándole – como si precisara de un proceso de adaptación visual - en la mesa del living, en un lugar de bajo perfil. Nada que al parecer de lo que estoy seguro es que si hubiera tenido a manos aquel cuadro horrible de mi casa en La Habana, ese de las codornices en la nieve, en esa escena poco creíble para el clima despiadado del trópico insular, le hubiera colocado en un sitio preferencial en mi living porteño, aunque mis amigos se rieran y comentaran mis extravagancias todavía de guajiro subdesarrollado con poca adaptación al consumo de árboles de Navidad.

Una gélida gota de café.



Obra plástica del artista cubano Roberto Fabelo. 

“Ahora que no hay nadie,
pienso que las cucharas quizás se hicieron remos para llegar muy lejos.
Se llevaron a todos, tal vez, uno por uno,
hasta el último invierno, hasta la otra orilla”.

Olga Orozco, en “Señora tomando sopa”.


La piedra-centinela desgarra el vaho blanco de la mañana posible
Se mimetiza con el frío y acaso acabará escondida, como tantas otras,
En todo lo que huela a miedo, a extravío, a invitación dentro de mi taza… la brizna pone su dedo sobre la porteña calle Perú y copula
tras el cristal-mampara en el Starbucks Coffee,
donde varios atlantes sostienen perseverantes el centenario edificio,
Y apenas alcanzo a divisar el agua nieve que cae
entre la ranura del tiempo y las alas blancas de una paloma como intentando repetir aquella noche, en otro café, pero en Venecia, cuando el goteo imperceptible del agua helada contra la vieja luminaria de luz opalina, casi una candileja de nieve, nos hizo gritar en éxtasis… Entonces vuelvo a pensar que sólo los amantes tardíos pueden darse el lujo de agua nieve en la ciudad de los 354 puentes y las 118 islas. Algún que otro recuerdo distante se asoma,
apenas surge entre las nieblas del músculo cardiaco………enfila sus cauces y derrama un líquido escarlata que se adhiere a la lengua. Y es que mis ojos se siguen resistiendo a los encuentros de cafés en las grandes ciudades.
Estiro la mano para intentar coger eso que se desvanece,
como lamento helado con sabor a pócima árabe y apenas acaricio una gota gélida que se diluye – como la vida misma – entre el parpadeo que me despereza y el olor de la harina horneada que viene de la cocina
donde acaban de prender todas las lumbres del mundo.
Fuera remordimientos… fuera quebrantos acumulados...fuera intemperie,
Mientras hago remolinos con mi cuchara dentro del líquido ambarino,
Lo saboreo como quien bebe un caldo de semillas amargas que me dejan sobre la pequeña mesa para enterrar el tiempo muerto que insensibiliza mis desganos. Borrón y cuenta nueva, será hoy el secreto para que todo cicatrice y duela menos…. para que todo se pierda en el frío de afuera que manosea el azogue y decolora el entorno que sólo yo desempaño con dificultad como quitando una sombra que todo lo eclipsa…..hasta mi respiración seca.
Si tan sólo pudiera remendar la torcedura que dejó la expatriación,
como quien zurce un pañuelo de seda tejido por mi madre,
dulcificar su efecto, olvidar su ponzoña… perder la memoria dentro mi pocillo de café. Aprieto los dientes como buscando calor interno y me sumerjo en la escena que transpira cierto ruego a toda la canela azucarada del universo,
entonces no soy más que un ignoto hombre inmóvil….absorto y desterrado
que escucha en cada paso la procesión que está por pasar frente a la ventana.
Buenos Aires, tres grados, aguanieve. 6 de junio 2012.

Lisboa, la ciudad de las ventanas verdes.




Callejuelas empinadas, patios interiores recubiertos de azulejos pintados, tranvías que suben escarpadas cuestas rumbo a castillos, iglesias centenarias y pasajes angostos, todo un ejercicio para conocer la capital y las rutinas cotidianas de otras villas primadas portuguesas.

Texto y foto: Juan Carlos Rivera Quintana.

El taxi, de color amarillo y un colorido dibujo de sardinas en sus puertas, atraviesa la Avenida da Liberdade, en pleno centro lusitano, y deja escuchar desde Radio Amália, un fado triste, acompañado por el rasgueo - casi llanto de una guitarra - y la voz aterciopelada de la Reina del Fado: Amália Rodrigues, que dice: “Trago fados nos sentidos, tristezas no coração ,trago os meus sonhos perdidos, em noite de solidão, trago versos, trago som, de uma grande sinfonia, tocada em todos os tons, da tristeza e da alegria”. Y tal telón de fondo parece de magia, de encantamientos para comenzar mi viaje por Lisboa y otras ciudades de Portugal.
Lisboa, capital de Portugal, se levanta casi discreta y mansa, pero luminosa, colorida y abierta, a orillas del Río Tejo (Tajo) aspirando el aire salitroso del Atlántico y surcada por dos puentes inmensos que desafían la gravedad; uno de ellos: el Vasco de Gama, de 16 kilómetros, todo un alarde de ingeniería que termina perdiéndose en el horizonte como proclamando a los cuatro vientos que es el más largo de Europa.
Pero a Lisboa para sentirla hay que caminarla y perderse en sus callejuelas realizadas con adoquines de granito gris y blanco o andar por sus veredas, de artísticos y bellos trazados, y llegarse hasta el barrio de La Alfama, ubicado a los pies del Castillo de San Jorge, entre éste y el mar, una especie de arrabal humilde, cuna de pescadores, o llegarse hasta el Chiado y Barrio Alto, que representan a la Lisboa más bohemia y noctámbula, donde se puede escuchar en cada esquina el tañido de la guitarra y algún interprete popular de fado desperdigando sus penas, desde un café
Sus callejuelas estrechas y empinadas (como recordando siempre que la ciudad está construida sobre siete colinas) inspiraron los más hermosos versos de fado, pero no están concebidas para autos y mucho menos para autobuses. Ellas fueron diseñadas para el nostálgico tranvía (el más famoso entre los turistas es el número 28) que tuve la posibilidad de montar y me dejó cerca del Castillo de San Jorge, donde se tienen las más impactantes vistas de toda la ciudad, que baja hasta el río y el puerto, desde la parte alta de La Alfama con sus escalinatas, recónditos patios y fachadas de azulejos y macetas en los balcones con flores de estación.
Pero si llega a Lisboa y no tiene la posibilidad de montarse en el Elevador de Santa Justa, puede decir que no cumplió con el adagio del posible regreso. Esta mole de hierro fundido, todo un icono de la urbe capitalina, posee un diseño que recuerda a la Torre Eiffel, de París y se levanta imponente en la Rua do Ouro. Su altura de 45 metros, posibilita el traslado a turistas y vecinos a lo alto del barrio de Chiado y se ha convertido en una verdadera atracción de visitantes foráneos.
De seguro también deberá recorrer el corazón comercial de Lisboa, que se extiende entre la Plaza de Don Pedro IV, más conocida como Plaza de Rossio, y la luminosa y ancha Plaza del Comercio (que termina en el Río Tajo), bordeada por restaurantes y cafés que ofrecen desde los famosos pastelitos de nata, emblema gastronómico de Lisboa, hasta todo tipo de mariscos y peces, preparados con la astucia y los secretos de la cocina lisboeta. Tampoco puede perderse una visita al popular café “A Brasileira”, un sitio entrañable, ubicado en la 120 Rua Garret, en la Plaza de Chiado, parte indiscutible de la cultura lusitana. Por su interior -decorado al estilo Art Decó, con mesas de madera y paredes forradas de espejos y una inmensa barra de roble - pasaron intelectuales de la talla de Fernando Pessoa, que ha sido inmortalizado, en su acera, con una estatua de bronce y otros habitúes como los escritores Aquilino Ribeiro, Alfredo Pimienta, el prestigioso educador José Joaquím Pacheco y el reconocido pintor José de Almada Negreiros.
Una visita obligada es el barrio de Belém, ubicado en el extremo oeste de la capital lusa, a media hora de viaje, en colectivo. Allí llegarse a la Torre de Belém, con sus almenas en forma de escudo nobiliario y sus estatuas de santos y ángeles; visitar el Monasterio de Jerónimos, otra joya de estilo manuelino, que comenzó su construcción en 1501 y demoró un siglo en concluirse, pero donde se puede tener la sensación andando por sus claustros y patios del poderío portugués y sus excentricidades arquitectónicas. En su entrada están enterrados el explorador de la India, Vasco de Gama, debajo de la galería del coro del monasterio, y el poeta Luis de Camoes, pero sin duda lo más impactante es llegarse a la primera planta del claustro y estar cerca del monolito- tumba que con cierto recato y discreción recuerda al poeta Fernando Pessoa. Allí una frase-epitafio de dicho escritor emblemático, rasgada a cincel sobre la piedra marmórea de color rosa negruzca, yace firmada por uno de sus heterónimos Álvaro de Campos (1923) y paraliza por su veracidad. El creador grita a los cuatro vientos con amargura existencial: “No, no quiero nada. Ya dije que no quiero nada. No me vengan con conclusiones. La única conclusión es morir”.

Sintra y Cascais: el aire y el mar puros

De seguro un buen paseo será montarse en el tren (al valor de 4,20 euros), que sale de la estación de Entrecampos y que en 36 minutos te deja en la estación de ferrocarril de la verde Sintra, una bella villa considerada uno de los centros más importantes de la arquitectura romántica europea, donde se respira un aire más puro y hay un microclima más fresco (unos diez grados centígrados de diferencia con la capital) Dicha urbe serrana - que fuera definida por el poeta Lord Byron, como “un verdadero Edén” - tiene una vegetación abundante de flores coloridas y musgos entre las rocas de sus imponentes castillos y palacetes y fue antiguamente zona de retiro de la realeza lusa. Sintra está ubicada a 29 kilómetros al noroeste de Lisboa.
No en vano ha sido declarada por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad, en 1995, pues con tan sólo acercarse al Palacio Nacional (concluido a finales del siglo XIV), ubicado en el corazón de la antigua villa, con sus simbólicas chimeneas cónicas, de origen musulmán, que presiden las cocinas del alcázar o penetrar la Sala de las Urracas, en cuyo techo se exhiben dibujadas 136 especies de pájaros cada uno llevando una rosa en su pico y la frase: “Por bem” (por el bien de todo), ya el viajero puede llevarse una imagen del abolengo de sus antiguos moradores Don Joao I, quien vivía allí con su esposa Philippa Oc Lancaster. Y por favor, no olvidar la visita al afamado Palacio Nacional y Parque da Pena, cuya construcción asentada en el solar de una remoto monasterio, data del siglo XIX, constituye un extravagante alcázar de raigambre masónica, legado del príncipe de Sajonia-Coburgo, donde abundan minaretes árabes, almenas góticas, entre estanques, donde nadan cisnes negros entre flores y plantas exóticas y lujosos pabellones de caza.
Muy cerca de Sintra reposa Cascais, ubicada en la Costa de Estoril, en el punto más occidental de Europa. Dicho balneario, muy ligado a la pesca, cuya tradición se remonta a ocho siglos atrás, y al puerto con sus barcazas y bergantines exhibe sus playas de arenas blanquecinas y la tranquilidad de sus veraneantes. Cuentan que en Cascais tuvo lugar un castigo divino que muchos lusos esperaban ansiosamente: murió el dictador Antonio de Oliveira Salazar, quien gobernó con mano de hierro a Portugal entre 1932 y 1968, al caer de una reposera – manera tonta de morir - mientras tomada plácidamente un poco de sol y escuchaba algún quejoso fado.

Óbido y Oporto: un contrapunteo obligatorio.

Rodeada de una muralla centenaria, la villa fortificada de Óbidos, ubicada en el distrito de Leiria, un valle muy fértil en el centro de Portugal, a 85 kilómetros al norte de Lisboa, y muy cerca de Caldas da Rainha (Baños de la Reina), constituye un retablo para turistas deseosos de sacar buenas fotos sin grandes sacrificios. Allí puede caminar sus empinadas callejuelas medievales y recorrer las tiendas de souvenir y cerámica lusa que se ubican desperdigadas por todo el pueblo o tomarse una buena cerveza, acompañada por una tabla de quesos. Pero lo mejor del viaje a Óbidos, sin dudas, lo constituye el trayecto en ómnibus y el paso por varias ciudades de Extremadura, con sus parques de energía eólica y sus grandes pantallas acristaladas para calentadores solares, que demuestran cómo se buscan soluciones sanas y alternativas a la falta de combustible y sobre todo de petróleo. Las gigantes torres blancas con sus dos hélices parecen molinos de vientos postmodernos en medio de los campos verdes y dan la sensación de que el futuro se nos avecina, junto a las modernas autovías e impecables infraestructuras ferroviarias con que cuenta Portugal.
El Castillo de Óbidos tiene orígenes romanos y fue recuperado en el siglo XX, después de los destrozos ocasionados por el terremoto de 1755 que azotó a la nación. Ya en julio de 2007 fue declarado una de las siete maravillas de Portugal. En su interior existe una posada que alberga a turistas que deciden quedarse a pasar la noche en la villa fortificada medieval.
Pero para llegar a Oporto, (en portugués Porto) la segunda ciudad en importancia de Portugal, con más de 1,7 millones de habitantes, ubicada en la desembocadura del Río Duero, si hay que andar mucho camino y pasar por las ciudades de Fátima, Figueira de Foz, Aveiro y Coimbra. Recomiendo, entonces, tomar el tren rápido Alfa Pendular o el Intercidades y recorrer los 300 kilómetros que separan dicha villa de Lisboa. El viaje es hermoso, de unas dos horas y media, placentero y el confort de los coches ferroviarios lusitanos convierte el paseo en una verdadera delicia. Por eso los asombros comienzan desde que llega a la Estación de Trenes de Sao Bento, donde puede admirar los grandes murales de azulejos blancos y azules, de unas 20 mil piezas, con escenas de la vida marítima y las contiendas bélicas de la nación, obra del afamado artista luso Jorge Colazo.
No se defraudará cuando desande Oporto (también declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO), al poder recorrer sus elegantes barrios y villas señoriales, en contrapunto con sus estrechas calles, viejos callejones grises, tortuosas escalinatas y plazas centenarias e imponentes puentes. Dicha ciudad, lindante con Galicia, España, debe su nombre – por supuesto – al vinho de Oporto, una mezcla rara, pero elegante y seca al paladar de brandy y vino luso que es preciso degustar, sobre todo si usted – como lo hice yo - tiene la posibilidad de sentarse, una tarde casi otoñal, en uno de los cafecitos que bordean una de las riberas del Río Duero y frente al famoso Ponte das Barcas (1806), que se yergue inmenso y desafiante sobre la ría, surcada por rabelos, esos pequeños bergantines que cargan en sus entrañas los toneles del afamado vino o brindan paseos a turistas deseosos de aventuras marinas y fotos desde la otra ribera.
En dicha ciudad también le propongo visitar por sus impresionantes tallas doradas y su alarde barroco la Iglesia de San Francisco, que comenzó a construirse por los frailes franciscanos en estilo gótico hasta su terminación en 1410; la Catedral de la Sé, emplazada en el corazón del casco histórico de la urbe y uno de sus más antiguos monumentos; el Café Majestic, en la Rua de Santa Catarina 112, toda una joya de la belle époque y por supuesto la Iglesia y la Torre de los Clérigos con su famoso lucernario oval y sus atalayas barrocas. Pero, a no olvidar, uno de los sitios más impactantes, ediliciamente, es la Librería Lello e Irmao, ubicada en la Rua de las Carmelitas 144, calificada con mucha justicia como la más bonita de Europa y entre las más hermosas del mundo. Reitero: no puede dejar de apreciarla porque se perderá algo inolvidable. Sólo que es triste que no dejen tirar fotos en su interior y obliguen indirectamente a los visitantes a comprar las fotos estandarizadas que venden en sus vitrinas para tener un recuerdo de tamaña obra.
La Librería Lello e Irmao, una verdadera joya arquitectónica, de 1906, presenta detalles modernistas y neogóticos en su fachada y está atravesada, en su interior, por una curvada y despampanante escalera roja, que conecta determinados niveles del recinto, diseñado por el arquitecto Vasco Morais Soares, y se corona en el techo por un vitral impactante, que recorre todas las gamas de colores posibles, que deja filtrar toda la luz del día y por momentos parece cegarte de tantos colores que se te pegan a las retinas.
Después de regreso a Lisboa seguro podrá asistir a algún espectáculo de fado, de los auténticos, de esos a los que van a derramar sus saudades y melancolías algunos cantores desconocidos, en las discretas tabernas del barrio de Alfama y que no han dilapidado su autenticidad, a pesar de las avalanchas turísticas y los flashes de las cámaras fotográficas, y podrá seguir andando entre callecitas perdidas, pasadizos con flores, tranvías, un río tranquilo y janelas (ventanas) verdes

Sevilla y su lunita plateada



Una villa donde se respira sosiego, atravesada por un río, al que dicen que siempre se vuelve y un hechizo de siglos, perdido entre callejuelas encantadas, fuentes populares y balconcitos con flores, que actúan como cábala sanadora cuando se viene del mundanal ruido.

Texto y foto: Juan Carlos Rivera Quintana.

La ciudad española de Sevilla es de esas comarcas memorables y añejas, surgidas como ciudad-puente, ciudad-puerto, que se pegan como una estampita a la retina del visitante y jamás se olvidan, haya o no una lunita plateada, como reza la vieja coplilla flamenca, de Antonio Molina, que la inmortaliza y está muy de moda por estos tiempos.
Ubicada en la comunidad autónoma de Andalucía, en el sur de la península ibérica y capital de la provincia homónima, Sevilla posee uno de los cascos antiguos e históricos más grandes de Europa, exactamente el tercero, (después de Venecia y Génova), y hace alarde – con gran probidad – de un patrimonio histórico, natural y monumental que la convierten en zona de peregrinaje de turistas deseosos de conocer sus maravillas museables, sus fiestas y costumbres populares, provenientes de lo íbero, lo árabe, lo cristiano y lo tarteso; sus callejones, sus barrios y mercados, sus fuentes y su Catedral, que incluye la Giralda, el Alcázar y el Archivo de Indias, declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, desde l987.
Y es que a Sevilla, situada en la llanura aluvial del Río Guadalquivir, siempre se vuelve; nadie o casi nadie - para no ser absoluto- se conforma con una sola visita, pues siempre se quedan cosas por ver debido a la imposibilidad de visitar sus más de 300 monumentos y sus 14 conjuntos históricos. Para empezar el recorrido baste comenzar por el Barrio de Santa Cruz y la Plaza de Doña Elvira, cuyos orígenes se remontan a la Judería de Sevilla, aquellos momentos en que el rey Fernando III de Castilla conquista dicha urbe y concentra la segunda comunidad judía más importante de España, (después de Toledo), que es expulsada por el cristianismo en 1483, lo que provoca un cimbronazo cultural y económico en la comarca, que también sufre los azotes de las epidemias de peste europeas, hasta principios del siglo XIX que las autoridades españolas deciden reurbanizar el barrio, embellecerlo y darle nuevamente el lustre que poseía antaño.
Santa Cruz, enclavado en el corazón monumental y comercial sevillano, es un barrio- laberinto de ceñidas calles y callejuelas - como las viejas juderías - que intenta librarse del tórrido sol del verano, creando corrientes de aire fresco, provenientes de sus abiertas plazas, sus balconcitos estrechos con policromas macetas de flores y sus fuentes populares y aljibes. Allí mucho hay por ver, baste tan sólo enumerar algunos sitios como los Reales Alcázares, transformados en un suntuoso palacio mudéjar, a los que se le anexaron unos impactantes y cuidados jardines y fuentes; el Palacio Arzobispal, residencia del prelado de la ciudad y archivo eclesiástico; la Catedral de Sevilla, el mayor templo gótico español, con influencias renacentistas y manieristas y una de las grandes pinacotecas de la ciudad, pues conserva obras de Murillo, Zurbarán, Goya y de cientos de prestigiosos pintores españoles y extranjeros; el Patio de los Naranjos y la singularísima Giralda, rosa de los vientos cristianizada y emblema por antonomasia de la comarca que vela, cual estatua de la fe, desde su atalaya privilegiada, el ir y venir sosegado de turistas y pobladores. Estos últimos dos sitios son los únicos sobrevivientes de la mezquita musulmana que allí existió.
Tampoco podemos olvidar el Archivo de Indias, antigua casa lonja de mercaderes, que inició su construcción en 1584 y hoy el más importante centro de documentación americanista del mundo, creado bajo el reinado de Carlos III, con el propósito de centralizar en un único recinto toda la documentación dispersa de la administración de las colonias españolas.
Durante toda la recorrida por el barrio se topará en una u otro recoveco o esquina con pequeños y coquetos locales de recuerdos, dedicados a la venta de artesanías, bordados, cerámicas y abanicos, realizados por manos sevillanas y dará de bruces en varias oportunidades y hasta sin esperarlo con la Plaza de Doña Elvira, una mágica plazuela cuadrada y exclusivamente peatonal, con accesos acodados y un estudiado diseño de bancos, fuentes, rosas de todos los colores y naranjos, rodeados por edificios de un marcado sabor sevillano, hoy restaurantes, hoteles boutiques, comercios y terrazas donde tapear y apurar una refrescante sangría. Cuenta la mítica pueblerina que allí estaba la casa de Don Gonzalo de Ulloa, padre de Doña Elvira, ambos personajes del “Don Juan Tenorio”, de Zorrilla.

El Guadalquivir en el corazón

En su paso por Sevilla, esta ancha corriente de agua, cuyo nombre deriva del árabe al-wadi al-Kibir, que significa “el río grande”, y atraviesa además ciudades como Andújar y Córdoba, está cruzado por el Puente de Triana, antiguamente llamado de Isabel II, una de las escasas muestras de la arquitectura del hierro que posee la urbe y desde donde se tiene una vista privilegiada de barcazas turísticas que recorren sus márgenes, de la Torre del Oro, que formaba parte del sistema de defensas y murallas almohade; del Teatro de la Maestranza, el escenario andaluz de la ópera y de la Plaza de Toros de la Real Maestranza, ese ovalo gigante, sitio de las lidias taurinas más renombradas del mundo, que ha visto entrar y salir airosos a toreros en hombros de aficionados y a otros con compromiso de vida o de muerte por alguna cornada traidora.
Muy cerca de allí puede visitarse, también, la Universidad de Sevilla, cuya sede rectora, fue en el siglo XVIII, la Real Fábrica de Tabacos, inmortalizada – posteriormente - en las cigarreras que trabajaban en sus naves y torcían los puros, de la afamada Ópera Carmen. Con casi 500 años de existencia, esta alta casa de estudios, que presta un servicio público de excelencia, cuenta con un amplio patrimonio cultural y artístico, diseminado en sus siete edificios anexos.
Mención especial y sitio de obligado recorrido - a no dudarlo - es la Plaza de España, un rincón encantado por la magia del palacete, sus campanarios, puentecitos, rejas andaluzas, torres, jardines, barcas, músicos ambulantes, fuentes y estanques donde picotean hermosos patos y cisnes. Con sus 200 metros de diámetro, esta plaza, creada por la mano diestra de Aníbal González, el más prestigioso de los arquitectos sevillanos del pasado siglo, centra su decoración en el ladrillo y los revestimientos cerámicos de azulejería, dedicados a todas las provincias españolas. En la actualidad, a dicha plaza se puede llegar a través del tranvía moderno que hace pocas paradas intermedias, pero que sale del corazón del casco histórico, o en un coche de caballos, o un autobús turístico.
Y no es de extrañar que antes de trasponer las rejas de dicha plazuela escuches – como me sucedió a mí – una vieja coplilla sevillana, que cantada con la clásica guitarra flamenca y el dejo del cante jondo no olvidarás nunca y te servirá como cábala sanadora de todos los ruidos existenciales de las ciudades modernas. Entonces con la voz rajada y casi como un lloro, el andaluz proclamaba a los cuatro vientos: “(…) y ahí, que tiene Sevilla/que deslumbra la orilla del Río Guadalquivir/y es que en otro sitio no puedo vivir/ será el fino o su gente/ que es la única que entiende/lo que puedo yo sentir/cuando en la madrugada me acuerdo de ti”.

Río de Janeiro y Paraty, Brasil: ciudades escritas en el mar


Texto y foto: Juan Carlos Rivera Quintana.

Está sentado plácidamente - apoyando su brazo sobre el banco - en la intersección de las playas de Copacabana e Ipanema e intenta mirar casi de soslayo el mar, con su pierna cruzada con gallardía y virilidad, aunque se mantiene de espaldas a la escollera y al rugir de las olas que baten contra los farallones y acarician el alma impura. Carlos Drummond de Andrade (1902-1987), el célebre escritor carioca, ha sido inmortalizado en el bronce a la orilla de ese mar, en homenaje a su centenario, en el 2002, y desgarbado y con sus lentes intelectuales y redondos puestos, se mantiene impertérrito – no tiene otra posibilidad – al trasiego de veraneantes y citadinos en Río de Janeiro, Brasil… es un testigo cómplice que sólo mira y calla. Parece uno más, uno entre tantos que se solazan con el aire salitroso y el azul insondable del océano y estiran sus piernas y respiran uno de los oxígenos más vivificantes del mundo, se tuesta su piel de cobre bajo el sol ardiente. En el pedestal del monumento una pequeña frase del poeta se destaca: “en el mar estaba escrita una ciudad”. Me siento en el mismo banco, pues el poeta ha dejado un espacio libre, y le contemplo… miro a mi alrededor la urbe tocada - geográfica y visualmente - por la mano de Dios y suelta riendas la imaginación.
Detrás los morros, las grandes favelas coloridas (una isla dentro de la ciudad, como han sido llamadas), el horizonte y las ensenadas otean la urbe bulliciosa, desde sus lugares, sus veredas de venecitas negra y blanca y entonces me saca de ese ensimismamiento los cánticos, las batucadas, los pitos y la algarabía de los bailarines de una ecola de samba, que salen a calentar el pavimento de la Rua Fernando Mendes, porque ya nos estamos acercando, en fecha, al famoso carnaval carioca… el más célebre del mundo... y es preciso el ensayo para perfilar los movimientos de la coreografía, sentir la música y entrenar los nuevos vestuarios. A mí alrededor todo se vuelve, en fracción de minutos, goce, lujuria y belleza humana, como patina típica de una de las ciudades más bellas e injustas del planeta.
Se alquila para soñar
Y es que llegar a Río de Janeiro, por cinco días, te habilita para soñar inmediatamente, sobre todo si estás muy cerca de la playa y puedes hasta sentir el rugido oscuro y fresco del mar que bate en Copacabana desde uno de los pisos altos de un emblemático hotel. Entonces, el sueño se vuelve más placentero, los descansos frente al mar se tornan más rutinarios y desestresantes, a pesar de algún que otro chubasco repentino y aguafiesta y el olor del pescado en la sartén y las frutas maduras de los puestos de venta te inundaran el paladar y la nariz inequívocamente. Y a partir de ese instante no quedará más que hacer trekking por Copacabana, Ipanema, Leblón o Barra de Tijuca – conocida como la Miami del Sur - con sus bañistas a toda hora, incluso en la noche; sus palmeras; sus surfistas; sus aficionados a la pesca; sus juegos de voleibol en la arena y sobre todo sus modernos y elegantes bares, de frente al mar, donde se puede degustar desde un platillo de camarón con mucho aderezo brasileño hasta una refrescantes agua de coco, o mejor…. una caipirinha con sus limas frescas, su azúcar a punto, el hielo picadito y la mejor cachaza de Sudamérica o una cerveza negra, que te hará volar la imaginación y el alma.
Y por supuesto, cita obligada será llegarse hasta el Cristo Redentor, y para llegar deberá adentrarse en la selva tropical de Tijuca, en funicular, hasta la estatua del santo, en la cima de la montaña del Corcovado o tomar el pequeño tren o subir en taxi pues caminando no es recomendable. Desde allí, estará en el lugar más indicado y panorámico, para admirar la ciudad en toda su majestuosidad y le dará la razón al poeta. Por eso sugiero una buena cámara fotográfica para llevarse el testimonio, sobre todo si el día está claro y el sol salpica las playas y los morros cariocas en un alarde de colorido y tropicalismo sin límites. Tampoco deberá perderse el viaje al Pão de Açúcar (Pan de Azúcar), pues ello sería casi sacrílego, si está en Río y no va es casi imperdonable.
El Pan de Azúcar es un pico único, de 395 metros, formado por varios morros monolíticos que reposan sobre la bahía de Guanabara y la Ensenada de Botafogo, y se eleva directamente al borde del mar, por sobre la urbe como desafiando toda gravedad, recortado delante del horizonte. El tour, en teleférico de cristal y acero, como una cápsula visual – conocido popularmente como el bondinho - con capacidad para 75 turistas, sube y baja sin cesar ni descanso, cada cinco minutos, recorriendo una ruta de 1.400 metros entre los morros de Babilonia y Urca (224 metros) ofreciendo otro viaje inimaginable, impensado y hasta temerario entre playas, cielos, montañas, caseríos pobres, modernos edificios y vegetación agreste. Ojo: fóbicos a las alturas abstenerse.
Después volverá sus pasos por Copacabana, ubicada en la zona sur de la ciudad, con su playa de medialuna, asiento de la bohemia, el glamour y la variopinta libertad sexual, área que dio origen a varios movimientos artísticos y es referencia emblemática del turismo brasileño. Baste tan sólo nombrar sus festejos do Reveillon, considerados la mayor diversión de fin de año del planeta, en medio de rituales a Yemayá o Yemanja, la Diosa del Mar y madre de todos los hijos de la tierra, adorada en Brasil, y donde se dan cita millones de turistas que celebran entre rones, champaña, música, fuegos artificiales… y desenfreno. Muy cerca de allí, está Ipanema (“Aguas peligrosas”), esa otra playa, enclavada en uno de los barrios más elegantes y modernos, donde podrá visitar sus boutiques, sus discotecas y restaurantes y hasta una playa gay, ubicada en el posto 6, y la famosa Rua Farme de Amoedo, muy cerca de donde se levanta el café: “Garota de Ipanema”, que probablemente sea la canción de bossa nova más afamada del Brasil, escrita por el poeta Vinicius de Moraes y con música de Antonio Carlos Jobim, que habla de la belleza de la “menina que passa(…) la coisa mais linda”, que se balancea con su cuerpo dorado, ”caminho do mar”.
Toda esa magia sólo será interrumpida por los pobres en su pobreza- cifra que crece numéricamente, a pesar del marketing político - los que duermen bajo algún zaguán o en una vereda, medios atontados por el alcohol y alguna droga blanda o dura, soportando el calor o el viento estival, según la estación de que se trate, entre cartones y alguna tela sucia, soñando con tener – en algún momento – un futuro más promisorio, que borre las injusticias de este mundo, aún en esa ciudad, tocada por la mano de Dios.

Paraty: ese tesoro entre mar y montaña

Y a 250 kilómetros de Río de Janeiro, pasando por Angra de Reís y quedando, incluso, estupefacto ante una Central Nuclear, de dos reactores con sus impávidas usinas a la vista, desde la carretera, que se acomodan temerarias cerca de Praia de Itaorna y un barrio llamado con el paradójico nombre de “El Paraíso”, cruzando caminos sinuosos y en pendiente, se levanta la ciudad de Paraty, donde todo quedó detenido, como postal intacta, en el siglo VXII.
Entre la Bahía Ilha Grande y la Mata Atlántica, es Paraty, una de las ciudades más inolvidables que he visitado, incluso pensando en Europa. El caserío de pescadores, la aldea - para ser más exacto - con todas las invocaciones edilicias del colonialismo portugués, ofrece la impresión de estar en Lisboa, pero con la diferencia de tener una selva alrededor, muchas montañas (Sierra do mar) y una bahía calma, que cuenta con innumerables playas, entre los resquicios de las ensenadas opalinamente azules y las serranías verdosas y muchas veces llenas de bruma misteriosa que lo esconde todo.
Su esplendor arquitectónico - de casas de dos plantas, adornadas con balcones de hierro forjado y de colorido estilo colonial portugués - se debe a que se mantuvo olvidada, en un total aislamiento geográfico por dos ciclos económicos. Ella estuvo dedicada a la pesca, al trasiego del oro y la plata, la caña de azúcar y el café, conocido como el oro negro. Ese ostracismo colonial cooperó en su preservación histórica y cultural. Y hoy, Paraty (a 290 de la capital paulista) vive prácticamente del turismo, con una infraestructura de marinas y un pequeño aeropuerto para naves de pequeño porte, y la producción de cachaças, bebida de alcohol de caña, producidas artesanalmente por ingenios locales y con mucho prestigio en Sudamérica y popularidad en la ciudad, y, por supuesto, la artesanía local.
Baste tan sólo adentrarse en el casco colonial de Paraty, en su complejo arquitectónico y transitar sus calles de piedras irregulares (pe-de-moleque), vestigio del trabajo de los esclavos que llegaron en el siglo XVII, en las bodegas de los navíos portugueses; y sus coloridas ventanas y puertas para darnos cuenta que estamos ante un sitio excepcional y pocas veces visto. Es como un viaje en una máquina del tiempo. Le rodea un fuerte (Forte Defensor Perpetuo) que sirvió como muralla defensiva contra los piratas que venían buscando las rutas del oro, la plata y los diamantes con destino a Portugal, que circulaban por la región de Trindade, otra ciudad marítima muy cercana, donde se cuenta que existen tesoros enterrados, incluso uno fruto del saqueo pirata a la Catedral de Lima, que nunca ha sido encontrado.
Pero el encanto de la ciudad también lo ponen sus pousadas, sobre todo las que están en el casco histórico, bellamente diseñadas y refaccionadas, muchas con mezclas de la decoración indígena y moderna, entre las que recomiendo la “Pousada de Sandy” (Rua Largo do Rosário, 01, Parati); la “Pousada Do Ouro” (Rua Dr. Pereira 145), una agradable y casi intacta casona del siglo XVII, y la “Pousada Do Príncipe”, un palacete, de estilo colonial, a dos cuadras del centro, en la Avenida Roberto Silveira, 245, sobre todo si usted quiere descansar, con tranquilidad, lejos del espíritu depredador del turismo y sus idas y venidas.
Además, Paraty, también se ha convertido en un polo gastronómico con sus peixes (peces) asados y sus platos típicos de la cocina indígena y la culinaria portuguesa, algunos de ellos aderezados con las más increíbles hierbas y sazones y la farinha (harina) de mandioca, el coco rallado y la banana y otros productos litoraleños y rurales. Mención especial merece el bistró “Casa do Fogo”, que tiene como especialidad la paella, enriquecida con frutas tropicales y flameada con la más pura cachaça de Paraty, y el excelente espectáculo de música brasileña, que en las noches suelen animar muchos restaurantes y el buen comer de sus comensales.
El paseo a dicha ciudad no estaría completo si no se toma una excursión en una escuna (velero a motor para 50-60 pasajeros) o un saveiro (veleros de doble mástil) para salir del puerto, de la bahía de Paraty y navegar por las aguas azules verdosas y cristalinas de algunas de las playas, en las islas que la rodean. Infaltable: Praia Vermelha, Praia da Lula, Praia Deserta e Ilha Comprida, periplo que ofrece la Agencia Estrela da Mahná Tours, al módico precio de 40 reales por persona. Dicha excursión, donde se puede nadar hasta las playas, bucear para ver corales, peces de variados colores, recantos insondables con sus florestas intactas y hasta nadar entre delfines, incluye almuerzo y tragos típicos.
Se cuenta, que en 1502, cuando el navegante Américo Vespucio, entró en la bahía de Ilha Grande, comandando una escuadra de carabelas, expresó: “Si existe un paraíso en la Tierra, ese lugar es aquí”. No alucinaba: son más de 65 islas paradisíacas, bañadas por aguas calmas y cristalinas, con más de 43 playas, con una fauna marina incomparable, que hacen de Paraty el reino del buceo (mergulho).
También podrá caminar, en contacto íntimo con la naturaleza, o montar a caballo para llegar a numerosas cascadas – como la del Poço do Inglés o la de Penha- tobogán, que bajan de las serranías o adentrarse en los senderos montañosos que trazan el antiguo camino conocido como la Ruta del Oro (Caminho do Ouro), en Serra da Bocaina. Este periplo – una verdadera clase de Historia – constituye la ruta histórica utilizada por los antiguos colonizadores portugueses, para sacar el codiciado metal del Estado de Minas Gerais, en dirección al Puerto de Paraty, camino a Lisboa. Aún se conservan en el trazado fragmentos de la calzada original de piedras, colocadas por los esclavos.
Si algo se echa de menos en Paraty – bueno decirlo - es a una buena playa… las más cercanas, a las que se puede ir caminando, están contaminadas y con mucho petróleo y por ello para darse el buen baño en el mejor mar no tendrá otra opción que tomar excursiones y salir fuera de la bahía, donde encontrará realmente paraísos indescriptibles y casi virginales. Este cronista caminó hasta Jabaguará, muy cerca del casco colonial citadino, y encontró un visual hermoso de pequeñas islas y grandes macizos de piedra, pero una playa enlodada que daba la impresión de una sumergida en un pantano y se tuvo que conformar con una buena caipirinha para ahogar tamaña desilusión y recuperar energía para el regreso a la ciudad.
Pero, sin dudas, Río de Janeiro y Paraty son dos paseos recomendables: el primero, excesivamente bullicioso para mi gusto, demasiado violento por momentos y hasta enajenante; el segundo, más para el descanso, el retiro recoleto, lejos del mundanal ruido sobre todo si usted proviene de una urbe cosmopolita y precisa comodidad y desasosiego. Ambos con una similitud ideal: dos ciudades recortadas sobre el mar, escritas sobre él y delante de sus horizontes lejanos e imprecisos.