martes, 30 de junio de 2015

MÍSIA y una espina clavada



Texto: Juan Carlos Rivera Quintana. 

La Usina del Arte, un nuevo espacio multidisplinario de música con una acústica excelente; una gran obra de infraestructura que permitió poner en valor y recuperar el edificio histórico de la ex Compañía Italo Argentina de Electricidad, abrió una vez más sus puertas, en la Ciudad de Buenos Aires, en el barrio de La Boca, y estaba repleto de porteños y hasta de extranjeros y turistas portugueses que por estos días caminaban la ciudad.

Nadie quería perderse el encuentro de esta cantante con ángel y gracia para decir el fado, que tendría lugar el sábado 13 de junio. Nadie como Misia para desgranar cada letra, cada poema y explicar -por momentos de manera muy didáctica - y hasta traducir del portugués los textos de los poemas de Fernando Pessoa, José Saramago, Florbela Espanca y Agustina Bessa-Luís, grandes poetas y narradores lusitanos que iba interpretando.

Y es que esta presentación de: “Misia & sus poetas”, era un concierto con un aura especial. Mísia llegó - como siempre - vestida de negro cerrado y con esa manera tan especial y diferente de llevar el cabello negrísimo, como si fuera una mujer de otra época y comenzaron, entonces, el acordeón, el piano y las guitarras lisboetas a darle cuerpo y dramatismo al decir de esta cantante, una de las más populares fadistas de Portugal.

Fue un concierto espléndido, conformado por un repertorio tradicional, pero también rico en anécdotas, que se agradeció, a pesar de las bajas temperaturas del fin de semana pasado. Esta es la quinta visita de la cantanta portuguesa a Buenos Aires y otras provincias del interior del país, porque - como ella explicó - siente predilección por esta ciudad y su gente, por su cultura y su tango, por sus músicos y sus lugares, donde tiene amigas y amigos, donde ha atesorado momentos inolvidables para su andar trasumante por el mundo. Es en esta ciudad adonde siempre viene con la misma emoción y asombro de la primera vez.
Durante el recital, Mísia anunció que se encuentra trabajando en la grabación y producción de su primer CD homenaje a Amália Rodrigues, el emblema del fado de Portugal y una de sus cantantes preferidas. Dijo que esperó tanto para hacerlo porque Amália es tan grande y tan universal que ya no precisa de homenajes. Y hasta se dió el gusto de cantar una de sus piezas menos conocidas: titulada: "Espejo Quebrado".

Al final del encuentro, Mísia interpretó uno de sus fados preferidos, de una manera inolvidable: "Lágrimas" y terminó cantando el tango "Naranjo en Flor", de los hermanos Homero y Virgilio Expósito, una de las piezas más características del cancionero rioplatense - en español - idioma que habla perfecto y que aprendió en su casa, de Barcelona, junto a su madre y su abuela españolas.

Y la 2º edición del Festival de Fado, en Buenos Aires, organizada bajo el tema: “Los Poetas y las Palabras del Fado” contó, además, con las presentaciones, en días anteriores, de Raquel Tavares, una nueva intérprete-revelación, que forma parte de la nueva generación de fadistas lusitanas y esa guitarra que llora de Jose Manuel Neto, importantes cultores del fado portugués, y fue un verdadero suceso cultural en Buenos Aires, que esperamos se repita para la dicha de los amantes del fado y de la cultura lusitana en la gran urbe porteña .

Sin dudas, Mísia - es como una espina clavada - para bien - que llevamos muchos amantes de este género y nunca nos cansamos de escucharla y verla en vivo es todo un privilegio, un regalo para el corazón y el alma.

viernes, 8 de mayo de 2015

Fotos de Familia

Lolita Rivera Mingroni, al mes de haber llegado al mundo. Buenos Aires abril 2015.

jueves, 5 de marzo de 2015

Suiza o el delicado encanto de la gelidez





Llegar a Berna y Lucerna, a través de Los Alpes nevados y en tren, constituye una aventura que pocos seres humanos deberían perderse.

Texto y foto: Juan Carlos Rivera Quintana

Llegar a Lucerna, una de las ciudades más antiguas y hermosas de Europa  - ubicada en la Suiza central, en la ribera superior del Lago de los Cuatro Cantones, que vierte sus aguas en el Río Reuss y divide en dos (la parte vieja y la nueva de la urbe) - y poder hacerlo saliendo de Milán, en Italia, en tren rápido que sube y baja por entre las escarpados y sinuosos y congelados Alpes y adentrarse en los túneles y puentes inmensos, abiertos entre las montañas, verdaderas obras ingenieriles, con unas vistas panorámicas casi fílmicas, es una fortuna – más bien diría una aventura - que pocas veces tiene un ser humano. 

La recorrida en sí del tren, en pleno invierno - de unas dos horas y media - es ya un viaje inenarrable entre bosques de pinos, abedules, ríos calmos para la contemplación rápida, ciudades blancas casi de cuentos infantiles, catedrales antiquísimas, campos nevados, industrias y viejas haciendas, donde se ven cuadras de caballos y pocos peones de campo. Y en ese impresionante dibujo alpino se halla Lucerna, con el lago a sus pies y muy cerca de  las montañas de Rigi, Pilatus o Stanserhorn, que delinean un fresco casi claustrofóbico de grandes picos nevados y alguna que otra vegetación verde como telón de fondo, desde donde se puede divisar la ciudad desde un mejor ángulo.

Si cierro mis ojos y recuerdo… vuelvo a ver la estampa más fotografiada de Suiza: el famoso puente de madera, conocido como Kapellbrücke (o Puente de la Capilla), con sus frontones pintados y sus techos de tejas antigua en medio de la urbe, descansando sobre un lago habitado por albatros y cisnes blancos; la muralla Museggmauer con siete torres medievales originales; las históricas casas de varias plantas del casco antiguo, adornadas de dibujos en sus frentes y cerrada a los coches; las pintorescas placitas con sus fuentes de ensueño; las calles adoquinadas y estrechas; la iglesia jesuita, que data del siglo XVII, considerada la primera obra barroca religiosa de Suiza y sus tiendas de relojes. ¿Será por eso que un rasgo emblemático del suizo es la puntualidad… por los excelentes relojes que pueden fabricar?

Allí, en Lucerna, tradición y modernidad se dan la mano, y junto al moderno y acristalado Centro de Cultura y Congresos de la ciudad (KKL), con sus acústicas y bien diseñadas salas para la música clásica y los conciertos, se une el museo de arte, los cafés para el encuentro y las salas de teatro, cercanas a la antigua terminal de trenes, cuya fachada a modo de portón, ya es en sí misma una pieza arquitectónica invalorable. Al lado, parten barcos de vapor de ruedas o motores para adentrarse en el gélido paisaje del lago de los Cuatro Cantones.

Lucerna se recorre a pie y muy rápido y si hay frío bajo cero y no siente las manos puede detenerse en algún que otro café a tomar un chocolate o una porción de torta alpina, de las de la abuela, para entrar en calor o tomarse una cerveza artesanal, con alto grado de alcohol, para cambiar con rapidez la temperatura del cuerpo. Y es bueno recordar que en Suiza: chocolate, repostería y cervezas artesanales tienen su fama bien ganada.
Sin dudas, Lucerna es una joya medieval - identificada gráficamente por su historia con un león herido - en la ruta de San Gotardo, envuelta entre la naturaleza mágica de las montañas alpinas que la encierran, un cristalino lago y cientos de embarcaciones de recreo, donde se respira un aire límpido y tranquilo, donde no se escucha un diálogo alto, ni un bocinazo en la calle y donde hasta los confortables y modernos tranvías se cuidan de hacer el menor ruido posible. Sus moradores son disciplinados, limpios y de una civilidad social casi pasmosa, propia del Primer Mundo.  

Berna: Refinamiento y cultura

La capital helvética de Suiza, enclavada en una zona de suaves colinas, con su casco antiguo - declarado Patrimonio Mundial, por la UNESCO - es de esos sitios memorables, cosmopolitas y multiculturales, donde cohabitan muchas lenguas diferentes y no existen problemas de integración. En sus calles se habla el dialecto bernés de alemán suizo, aunque sus moradores entienden y hablan el alemán estándar.

Baste tan sólo caminar sus seis kilómetros de arcadas bajo techo, llamadas “Lauben” o pórticos, que posibilita al viajero protección contra la inclemencia del invierno, para tener un primer acercamiento a Berna desde su inmenso paseo de compras y divisar su Zeitglockenturm o Torre del Reloj, que data de 1120, y cuya función, en sus inicios, era meramente defensiva, porque era la puerta de entrada a la urbe, pero unos siglos después se construyó un precioso reloj astronómico, que marca la hora, el día, el mes y la posición del Zodiaco en relación con la Tierra.  

La urbe, asociada por historia al oso, supuestamente debido al primer animal cazado por su fundador, el duque Bertoldo V de Zaringia, posee alrededor de 51,6 kilómetros de superficie y una población de unos 150 mil habitantes. Además, se destaca por su impecable estado edilicio… es quizás una de las ciudades mejor conservadas de Europa. Sus 11 fuentes del siglo XVI, decoradas con motivos alegóricos a las leyendas medievales: todas distintas, todas coloridas, ubicadas a lo largo de la calle principal o calle del mercado; las fachadas de areniscas de los vetustos edificios y casas bajas, con sus macetones de rosas; sus adoquines y torres con relojes; las abovedadas casas de vinos y quesos; los teatros y  bares, muchos ubicados en sótanos o en estrechísimas callejuelas, con una cartelera envidiable de conciertos de jazz, rock y música barroca; sus iglesias y parques tranquilos, con aires medievales y numerosas esculturas permiten una recorrida casi única del casco antiguo, que yace a orillas del Río Aare.

Vale asomarse al Rosengarten (jardín de rosas), una de los paseos de mayor altura (a 101 metros por encima del nivel del mar), desde donde puede verse la ciudad en toda su dimensión y sus palacetes y buhardillas coloridas con sus techos en punta, sus veletas coronadas en gallitos de metal y el ir y venir de tranvías amarillos por las estrechas calles.

Y si nieva, como me ocurrió, sólo tiene que abrigarse bien y bajar una pequeña escalinata, junto al Puente Nydeggbrücke, que posibilita el acceso al casco antiguo, y disponerse a retener los paisajes más hermosos caminando por las riberas del río Aare y el BärenPark (parque de osos), entre abetos, cipreses, abedules y rosas. Porque en Berna el diseño y el buen gusto parecerían una carta distintiva y ello se observa en las ropas - de modistos locales -  que ofrecen las boutiques; las innumerables casas de alfombras, artículos para el hogar y hasta en los cafés, decorados en su mayoría con un gusto refinado y sobrio, convertidos en centros de reunión de moradores locales y turistas, que huyen de las bajas temperaturas y la gelidez invernal. Y ni hablar de su colegiata o Catedral de San Vicente, la mayor obra sacra de Suiza, con un estilo gótico tardío, fue construida entre 1421 y fines del siglo XVI. En ella se destaca su campanario de 100 metros de altura, sus vitrales coloridos y su enorme portón de madera maciza, rematado en arcos de piedra caliza, donde se descubren un sinnúmero de esculturas que representan a feligreses y ángeles en pose de rezos, a modo de retablo religioso. 

Pero el viaje no estaría completo si no sube a un tranvía y se dedica un tiempo a visitar el Zentrum Paul Klee, ubicado en la periferia noroeste de la ciudad,  en una zona de praderas verdes en constante cambio habitacional y desarrollo inmobiliario, con los Alpes de fondo. El centro, enclavado en el  Schöngrüng,  exhibe la obra plástica de Klee, uno de los artistas más influyentes y vanguardistas del siglo XX suizo, quien nació, desarrolló gran parte de su quehacer creativo en allí y terminó sus días en la ciudad. Sus acuarelas, óleos atemporales y figuraciones abstractas tienen cierto halo de misterio y magia.

En su memoria fue diseñado y construido el museo, encargado al afamado arquitecto genovés Renzo Piano, quien no sólo quiso diseñar un centro cultural, sino también darle personalidad y atractivo al sitio y construyó un emblema urbano de cristal, cobre, titanio, acero gris y aluminio, con cielorrasos de abedul y pavimentos interiores de roble, que se confunden con el entorno.

A modo de tres grandes olas o colinas, los techos del museo delinean un paisaje que guarda mucha relación con la obra de Klee. No por gusto, Renzo había dicho, en su momento que “Klee no merece un museo sino un paisaje, una escultura sensual sobre la tierra”. Y precisamente a esa tarea se encaminó y diseñó un edificio ultramoderno, que aprovecha al máximo la luz y la topografía del terreno produciendo miles de sensaciones… todas agradables y mágicas. Y si afuera, la nieve cae sin parar, se acumula sobre los bancos del parque, los pequeños abetos, los terraplenes de trigo, las amapolas y abedules se tiñen de blanco… la claridad se multiplica y el deleite se agiganta.

Los tres cuerpos del Zentrum, unidos por una calle peatonal interior, albergan la colección del artista, en un 40 por ciento, donada por su hija, Livia, y alguna que otra colección temporal, casi siempre excelentemente curada.

  

lunes, 2 de marzo de 2015

Foto de Familia.





          Con mi hermano Julio César, en Puerto Madero, Buenos Aires. 1 de marzo 2015

viernes, 27 de febrero de 2015

Génova, la señora del mar: Grande amore





Texto y foto: Juan Carlos Rivera Quintana

Desde una habitación del Hotel Meliá, en Génova, ubicado en la Vía Corsica y muy cerca del mar y el puerto, un televisor – como tantos otros millones - está prendido, en la noche invernal de febrero, en uno de los canales centrales de la RAI, desde donde se transmite  - en directo - desde el Teatro Ariston, de esa localidad ligura, la noche de  premiación del famoso Festival della canzone italiana o Festival di Sanremo 2015, conducido, en esa ocasión, por Carlos Conti. 

En la pantalla plana del televisor, se asoma Gianna Nannini, una voz rajada y rasposa pero mágicamente musical, con una manera indiscutible para decir el rock italiano, que interpreta, la canción que por estos días la ubica en los primeros lugares de las radios, los canales televisivos y las ventas discográficas de ese país: Sei nell’ anima o “Estás en mi alma”. 

Vestida de un masculino blanco, la cantante y compositora italiana, aquella misma que, en 1994, desató un escándalo diplomático entre Italia y Francia, al colarse en el balcón del Palacio Farnesio, sede de la embajada francesa, en Roma, e improvisar un concierto en protesta contra la decisión gobierno galo de reanudar los experimentos nucleares en el atolón de Mururoa, casi grita desoladamente y corre como una desesperada por todo el escenario diciendo:  Voy punto y aparte así/apagaré las luces y de aquí desaparecerás/ pocos instantes/Mas allá de esta niebla/más allá del temporal/ será una noche larga y clara/Se acabará/ pero es la ternura lo que nos da miedo/Estás en el alma y allí te dejo para siempre/suspenso, inmóvil, imagen fija/un signo que nunca pasa más./Voy punto y aparte verás/lo que queda atrás no es todo falso e inútil/Entenderás, dejo pasar los días/entre certezas y errores, en una calle estrecha, estrecha hasta ti/Cuánta ternura, ya no nos da miedo/ Estás en mi alma”.

Luego sabríamos - no sin cierta decepción - que los chicos del trío lírico, Il Volo, fabricados por una discográfica para vender música de bell canto a la juventud italiana, se llevarían el primer lugar del certamen, de San Remo, con su pegajosa canción: “Grande amore” y nuestra intérprete preferida del concurso: Malika Ayane, con su canción pop: “Adesso e qui  o (nostálgico presente)” tendría que conformarse con un tercer lugar y el galardón de la crítica especializada italiana. 

Pero es que desde Génova se tiende a perdonar todo, incluso las malas decisiones de los jurados de canciones italianas y hasta el hecho de que la ciudad sea un destino casi siempre ignorado por los itinerarios turísticos y no figure en catálogos de viajes, como suele pasar, porque aunque su fama se ha sustentado a través de los siglos en sus proezas navales y el potencial comercial, como primer puerto de Italia, es una urbe que impacta ediliciamente, que descubre una diversidad y un eclecticismo, en sus mansiones señoriales, sus iglesias, sus pequeñas plazas, fuentes, los olores de sus cocinas, sus caruggi (callejones serpenteantes y apretadísimos con trazados medievales) y hasta sus ropas tendidas de casi medio mundo en las altas ventanas de sus viejos edificios, que pocas metrópolis europeas podrían jactarse de poseer.

Basta tan sólo con adentrarse en su casco antiguo para darnos cuenta del potencial de Génova. No por azar, artistas de la talla de los escritores Lord Byron, Shelley, Dickens, Flaubert, Turner, James, Browning, Dylan Thomas, Proust y pintores de la trayectoria de Boldini, Veronese, Tintoretto, Tiziano y Carpaccio hicieron parte de su obra desde mansiones genovesas donde se sintieron muy a gusto. Y la lista de músicos, actores y dramaturgos europeos sería interminable. 

Con una ubicación estratégica en el centro de una gran bahía y recostada sobre las laderas y crestas de una docena de colinas, Génova está atravesada por barrancos, colinas e innumerables montañas de gran altura y posee un territorio municipal de 244 kilómetros cuadrados. A sus pies una delgada franja costera en el mar de la Liguria teje y desteje – como Penélope frente al mar – las viejas tradiciones genovesas con la ligera brisa del Mar Mediterráneo y cada barco que llega o sale de la urbe es un acontecimiento, como suceso lo es además el ir de venir cansino de las olas marinas contra las piedras y las fortalezas de la ciudad real y bajo esos muelles a lo largo del Puerto Antiguo, que gracias a la magia del dibujo del afamado arquitecto Renzo Piano, se convirtieron en paseos animados, avenidas con palmeras, gran número de bares, restaurantes y un hábitat suspendida sobre el mar.  

La Génova contemporánea “imponente, sólida, casi orgullosa, limpia y bien puesta”, como la definiera el médico y neurólogo austriaco, fundador del psicoanálisis, Sigmund Freud, es hija de la siderurgia, del calafateo - en varadero – de grandes buques, la construcción de barcos de cualquier calado, la industrialización, la petroquímica, la mecánica pesada, los enlaces ferroviarios y las grandes carreteras. 

Y  por la Riviera de Ligure podríamos escapar  a uno de los centros turísticos más selectos y caros del país, llamado Portofino, con su cala marina de botes de vivos colores y sus vistas al atardecer, ubicado en el centro de una profunda ensenada, y otro día recorrer las maravillas de Cinque Terre (Cinco Tierras), ese quinteto de borgos marineros, situados frente al mar con sus olivos y pinos, hasta hace poco tiempo inaccesibles por ruta, pero que ahora con las vías férreas y las sinuosas carreteras con pendientes y fuertes curvas lo colocaron en el gusto de los turistas. Y nos referimos, sin dudas, a Manarola, Vernazza, Monterosso, Riomaggiore y Corniglia, que domina el mar desde una altura de vértigo… pueblitos todos con playas más o menos extensas, farallones y grandes acantilados, orientados a la agricultura de cítricos, vides, al turismo y, por supuesto, la pesca. Sus atractivos pasan desde la íntimas playas de guijarros, hasta los paseos costeros como el Vía dell’ Amore, que ensambla Manarola con Riomaggiore, en sólo 1,6 kilómetros de vereda, frente a la brisa y el salitre.  

Génova y sus apretados callejones

Y es que en dicha ciudad no se precisan de mapas, ni brújulas, porque lo adrenalínico e impactante es perderse entre sus callejuelas y dar de bruces frente a edificios seculares, como el Palazzo Rosso; el Bianco; el Tursi; el Spinola di Pellicceria y el Reale - en Vía Garibaldi - en pleno casco antiguo. Muchas de estas mansiones declaradas Patrimonio de la Humanidad, por la UNESCO, y convertidas en grandes pinacotecas, donde se exhibe importantes colecciones de arte moderno y contemporáneo o se puede apreciar pintura del Renacimiento al Barroco genovés.

Otro capítulo aparte sería el puerto y los paseos en barcos para apreciar la ciudad desde otra perspectiva visual. Es el puerto abigarrado, lleno de grafitis, multicultural, antiguo y por momentos caótico, pero siempre interesante. Allí se destaca la célebre Lanterna, antiguo faro que destella en las noches.  

En otro de los días de recorrida, leyendo el diario “La Stampa” y apurando el clásico vino espumoso italiano, Prosecco, desde una taberna en el centro, me notificaba por el periódico italiano que dicha metrópoli es uno de los destinos preferidos por inmigrantes latinos y africanos. Y ello se empieza a notar en sus calles, en la comunicación interpersonal y en el patrimonio cultural identitario de sus moradores. 

A pesar que Italia, puso en vigor, hace poco tiempo, una Ley de Inmigración, conocida como Paquete de Seguridad, que contiene las nuevas normativas para la inmigración y en la que además considera como un delito penable la inmigración clandestina y exige presentar el permiso de residencia para poder realizar actos civiles, como casamientos, nacimientos o decesos, por ejemplo, Génova posee aproximadamente unos 70.000 inmigrantes de origen latinoamericano, en la actualidad, y se estima que al menos 15.000 mujeres extranjeras viven y trabajan sin tener el permiso de residencia. A esto se suma, que la ciudad está entre las urbes italianas que tiene la cuota más elevada de personas ancianas: un genovés cada cuatro supera los sesenta y cinco años; así como uno de cada veinte supera los ochenta años. Todo ello comienza a definir un cuadro demográfico cambiante y en construcción, donde se amalgaman colores, se definen rasgos y se delinean identidades. 

Y esa mezcla ya se vislumbra en Puerta Soprana, la otrora arteria cardinal de acceso a la ciudad; en Piazza De Ferrari, con esa fuente monumental y circular - ubicada frente al teatro lírico Carlo Felice -  que constituye uno de los lugares más visitados por genoveses y turistas y el Palazzo Ducale, uno de los más prestigiosos símbolos de la urbe, convertido en sitio de encuentros con sus cafés y salas de exposiciones y que desde 1339 es sede del gobierno y sitio de grandes eventos culturales de la cittá, como la reciente muestra de los pintores mexicanos Frida Kahlo y Diego Rivera, que generó una gran expectación en tanto allí se reunieron 120 pinturas, dibujos y fotografías de estos dos grandes artistas latinoamericanos y hasta los cuadernos de bocetos y apuntes de Diego Rivera, bajo la curaduría de Helga Prignitz Poda. 

Y antes de abandonar Génova no deberíamos pasar por alto Corso Italia, ese paseo marítimo frecuentado por familias, turistas y deportistas que hacen ejercicios entre bares y restos con vistas panorámicas desde las terrazas marinas o recorrer algunas de las más importantes iglesias de la urbe, como La Catedral de San Lorenzo, un edificio medieval, con añadidos de naves secundarias y un estilo romántico, cuya fachada principal, de reminiscencias góticas, se destaca por el color en cenefas gris y blanco de sus mármoles y sus portales monumentales, adornados con esculturas de leones y guerreros de piedra marmórea, que datan del siglo XIII.  
Pero el viaje no estaría completo si no se visita Boccadasse, un pintoresco barrio marinero, con edificios coloridos, tejedores de redes reales y una pequeña playita de conchas y piedras, uno de los rincones más poéticos de Génova. Desde sus rocas y rebordes los botes de pescadores entran y salen en constante faena y en las tabernas se puede degustar platos típicos de la pesca del día, con apetecibles vinos blancos y rojos. Allí todo huele a limpio, a mar y a pescado fresco. 

Nada, que todo el mundo debiera ver Génova, esa ciudad vertical coloridísima y hasta estrafalaria por momentos – ubicada en la costa oeste de Italia - y nombrada con toda justicia la “Perla del Mediterráneo”, la del Grande amore, aquella que logró convertirse en una de las cuatro repúblicas marítimas de la península itálica.