Este blog es mi pequeño espacio, mi ínfimo resquicio de libertad, donde intentaré que - como en la isla - todo no quede rodeado de mar y existan pequeños puentes donde recostar la mirada, donde traspasar umbrales y seguir caminando sin óbstaculo alguno.
viernes, 29 de enero de 2016
miércoles, 6 de enero de 2016
Día de Reyes: Hasta que falte la Luna
Por: Juan Carlos Rivera
Quintana.
El salmo católico por el Día
de Reyes decía: “Se postrarán ante ti – Señor – todos los pueblos de la
Tierra. Florecerá la Justicia y la Paz hasta que falte la Luna; que domine de mar
a mar, el Gran Río hasta el confín de la tierra” y así seguía su letanía
que todavía recuerdo – como un latiguillo – decir a mi abuela cuando nos hacía
hincar de rodillas y leer su pequeño librillo descolorido de ensalmos y
conjuros, horas antes de llegar el 6 de diciembre, el momento de los regalos y
la llegada de los deseados juguetes.
Todavía me parece estar
viendo mi primera bicicleta- triciclo, que me trajeron los Reyes – entonces yo
creía en el mito – Melchor, Gaspar y Baltasar, quienes llegaron a mi casa, en
Marianao, guiándose por las estrellas, en la madrugada e hicieron tomaron toda
el agua y comer toda la yerba que yo había dejado al pie de mi cama a sus
camellos. Siempre pensé –y eso era lo más hermoso del sortilegio – que había
que cumplir aquel ritual porque, de lo contrario, los camellos, donde venían cabalgando
los Reyes, no podrían alimentarse para seguir su camino dejando a otros niños
los reclamados juguetes.
Me parece estar haciendo mi
primera carta a los Reyes Magos, todavía con faltas ortográficas y pequeños
desvaríos de sintaxis, donde pedía un camión de bomberos para apagar todos los
incendios de mi barrio. Entonces todavía la inocencia me valía.
Luego, una desangelada
noche, en que yo no me podía dormir, pude ver cómo mi madre - con tristeza -
colocaba una fea maleta de madera verde, parecida a un botiquín de primeros
auxilios, que había hecho mi padre, junto a un libro de Emilio Salgari, al pie
de mi cama. A partir de ese instante supe quiénes eran los verdaderos Reyes Magos
y aprendí que se venían tiempos de pocos juguetes y escasez sin derecho a queja
alguna. Eran los tiempos en que en Cuba
se empezaron a normar, por la desdichada libreta de abastecimiento, los
juguetes para el Día de Reyes y nuestros padres se vieron obligados a realizar
largas colas en las tiendas, desde las madrugadas, para tener acceso a algún
que otro juguete de los que se repartían para esas fechas.
Quizás ello explique los
motivos por los cuales cada vez que paso por una juguetería, en Buenos Aires, aún
me detengo con mirada de tristeza y resignación. Y es que tuve tan pocos
chiches para entretenerme, que terminé creando camiones de volteo con cajas de
fósforos, carritos con pequeños pedazos de madera que encontraba en el patio de
casa y hasta dibujé animalitos que, luego, recorté y pegué sobre cartón para
hacerme un pequeño zoológico para mis solitarios juegos infantiles.
Nunca podré olvidar un
pequeño fotingo negro – de pilas - que me regalaron mis padrinos. El carrito de
época llevaba, además, una chica de acompañante del conductor, quien tenía la
habilidad de levantar una cámara fotográfica que producía una luz como si
retratara sus alrededores. Aquel juguete – toda una novedad y una rareza entre
mis amigos - me produjo una de las más grandes felicidades de mi infancia y me
granjeó la amistad interesada de muchos de mis vecinos más pequeños. Mi madrina
lo había tenido que pagar muy caro a alguien que había tenido la suerte de
viajar a España y comprarlo allí. Porque en Cuba no se producían juguetes,
sobre todo, para chicos y había que importarlos y ello era casi prohibitivo
para las menguadas arcas nacionales de la isla.
O sea que parafraseando el
viejo salmo de Reyes crecimos como si nos faltará la Luna, como si tener
juguetes fuera algo del mundo capitalista y del consumismo infantil más
desmedido. Desde entonces me propuse que a mi hijo y luego a mi nieta no le
faltarán los juguetes y creo que, hasta hoy, lo vengo cumpliendo.
martes, 24 de noviembre de 2015
martes, 28 de julio de 2015
Perú: del puente a la Alameda
Texto y fotos:
Juan Carlos Rivera Quintana
Los turistas llegan a Machu Picchu - la ciudadela
sagrada incaica, ubicada en el sur de Perú, en la provincia de Urubamba, y
considerada una de las siete maravillas del mundo - como si fueran a una
procesión religiosa, como un ritual que debiera cumplirse, al menos, una vez en
la vida. Y muchos, incluso, cambian sus vestidos occidentalizados y modernos y
visten ponchos tejidos de alpaca, sombreros andinos y alpargatas y hasta
adoptan cierto desaliño montañés; se mimetizan para estar más a tono con el
sublime y anhelado momento, con esa mística y ese marketing, que le han sabido
impregnar desde el propio país sudamericano.
Por mi parte, siempre tuve entre mis planes visitarla
alguna vez, pero no estaba desesperado por hacerlo… ya iba a llegar el momento.
Lo cierto es que “El Santuario”, como se le conoce internacionalmente a esas
32.592 hectáreas de tierra, te desvela y excita la noche antes del ascenso y no
precisamente por haber bebido demasiados té de coca para intentar sobreponerte
al “soroche” (los malestares físicos), que provocan la altura del lugar con sus
2.400 metros por encima del nivel del mar; sobrecoge realmente porque es un
sitio milenario intacto, construido en el siglo XV, tocado por la mano de Dios,
que se perdió entre la vegetación selvática y fue descubierto tan sólo hace 104
años.
Las ruinas incaicas, yacen sobre un promontorio de
rocas, con mucho verde debido al clima de selva tropical de su entorno y se
destaca por la arquitectura impactante entre valles y riscos de piedras
centenarias, templos de rezos y santuarios sacrificiales, graneros, palacios
reales, casitas de piedras ordenadas milimétricamente, callejones zigzagueantes,
torreones y terrazas de cultivos, donde se destacan – como telón de fondo - el Huayna Picchu (Montaña joven) y el Inti
Punku (Puerta del Sol), por donde ingresan los visitantes que hacen el famoso
Camino Inca hasta llegar a la ciudadela.
Dicha zona arqueológica es considerada, al mismo
tiempo, una obra maestra de la arquitectura y la ingeniería. Y todas esas
particularidades paisajísticas, junto a la bruma que la envuelve, en la mañana;
el Sol que da justo en determinados lugares y refleja una luz casi perfecta, le
impregna un toque casi mágico y misterioso convirtiéndola en uno de los
destinos turísticos más codiciados del planeta, por donde transitan
deslumbradamente unos 5 mil turistas diariamente. Para llegar al sitio es
preciso hacer un camino serpenteante y sinuosísimo bastante peligroso en un
colectivo que parte de Aguascalientes, un pueblito olvidable, sin otro
atractivo que ser la puerta de entrada a la afamada ciudadela.
Desconcierta realmente que siendo una zona
arqueológica no muestre ninguno de sus vestigios materiales, de sus hallazgos
identitarios. Porque nadie dudaría que un lugar como ese fue sitio de
enterramientos y pervivencia de toda una identidad cultural. Quizás por ello,
en septiembre de 2007, la Universidad de Yale, en Estados Unidos, manifestó su
deseo de devolver alrededor de 4.000 piezas arqueológicas, que están siendo
reclamadas con todo derecho por el gobierno peruano para su exhibición en un
museo itinerante y que fueron encontradas y sacadas del país por el explorador
y político norteamericano Hiram Bingham, quien redescubrió el complejo urbano y
extrajo, junto a un grupo de arqueólogos, muchas piezas representativas de la llamada
ciudad perdida de los incas. Se dice que dicho equipo extrajo unos 46.332 objetos y muchos no han sido ni
catalogados aún por los expertos, en Norteamérica. De darse dicha
repatriación de piezas sustraídas sería un acto de justicia con esta obra de ingeniería
milenaria, sus antiguos moradores indígenas y con todo el pueblo peruano y
completaría totalmente la museografía del lugar, pues nadie, en sus cabales,
dudaría que sea allí donde debieran estar las reliquias incaicas.
Lima y “aún
perfuma el recuerdo”
Y a Lima, la capital de Perú, esa núcleo urbano, que
descansa sobre la costa central peruana, a orillas del Océano Pacífico, no se
puede llegar de otra manera que teniendo muy presente y hasta tarareando la
afamada canción, de Chabuca Granda, titulada: “La flor de la canela”, que
inmortalizara a una belleza limeña desconocida, que paseaba por dicha ciudad
con encanto, contoneo y gracia femeninas.
Y luego, después de recorrer dicha localidad, por unos
días, uno termina corroborando que hay
aromas de mixturas, ensueño de puentes de río y alameda, como reza la
mentada canción que alude como escenario a esta ciudad, envuelta casi todo el
tiempo en una neblina gris y una humedad particularísima, cuasi ancestral, donde lo indígena y lo colonial
español están muy presentes como recordando una historia, sobre todo en lo
edilicio y las costumbres citadinas.
Con casi 8 millones de habitantes, en su mayoría con
rasgos muy marcados de etnias aborígenes, la metrópoli se levanta con hidalguía
y hasta cierta altanería cultural para fascinar al visitante, que como yo mira
y remira con ojos asombrados tanta explosión de colores y destreza en las
manualidades artesanales y las rutinas cotidianas de sus moradores. Allí lo
mismo se puede apreciar un mercado de artículos religiosos donde se dan la mano
el sincretismo de lo español y las comunidades indígenas, hasta una pieza
cerámica de talla artística, que se vende en medio de una verada ignota; que un
excelente y policromado tapiz con motivos ancestrales y códigos indígenas, exhibido
en una boutique de un hotel acristalado; que los tradicionales balcones de
maderas preciosas, con influencias rococó, tallados casi con paciencia demiurga
cual encajes de finos tejidos en medio de una concurrida plaza; que una Basílica
y Convento de San Francisco, de impresionantes frisos y santos del color de la
tierra, erguidos muy cerca de una fuente renacentista de bronce, que se alza en
homenaje al Virrey Conde de Salvatierra, donde se lavan la cara y hacen un alto
en el camino sus moradores.
Sus calles son un bullicio y un caos de tránsito, de
vendedores ambulantes, de ciudadanos comunes que van y vienen entre turistas
sin casi darse cuenta de tanta invasión depredadora, de tanta falta de
privacidad y espacio. Porque si algo llama la atención realmente es que Lima ha
quedado chica ya para tanta gente, para tanto ir y venir cotidiano, para tanto
curioso y recién llegado que pasea por la amarilla y bella Plaza Mayor o frente
al Palacio, sede del gobierno peruano; o mira con ojos deslumbrados los
pórticos de la Catedral de Lima, en pleno centro histórico, o las decenas de
miles de precarias viviendas, que yacen y suben sobre la empinada cuesta del
Cerro San Cristóbal; o ante la fachada, dorada y blanca, de la Estación de los
Desamparados, que recrea el mejor estilo académico francés.
Pero, sin dudas, uno de los momentos inolvidables será
la visita al Museo Arqueológico “Larco Herrera”, enclavado en el distrito de
Pueblo Libre, donde se exhiben y guardan más de 45 mil artefactos cerámicos,
del Perú precolombino, verdaderos íconos del arte mundial.
La hacienda, un palacete virreinal, fundado en 1926, construido
sobre una pirámide del siglo VII, exhibe con gran destreza curatorial e iluminación
adecuada, sus reliquias patrimoniales, que recorren más de tres mil años de
historia antigua en la mayor colección privada de arte precolombino del Perú. Allí
podrán disfrutar desde los huacos eróticos, representativos de la cultura
mochica; los moches de la galería de oro y plata y los utensilios cotidianos de
metal, cerámica y textil de las distintas comunidades indígenas, hasta un fardo
ritual, con todos sus atributos funerarios, contentivo de una niña-momia, que
fue sacrificada en una ceremonia religiosa para pedir lluvia y fertilidad a la
tierra. Y a la salida de la casona solariega podrá, incluso, pasear por sus
hermosos jardines y hasta degustar un típico platillo de la afamada y tan de
moda cocina peruana, en su café- restaurante o comprar algún souvenir en su
tienda boutique.
Para Cusco me
voy…
Cusco, está enclavada en la vertiente oriental de la Cordillera
de los Andes y al sureste
del Perú y fue antiguamente la capital del Imperio Inca y una
de las ciudades más majestuosas del Virreinato del Perú. Ello se nota con sólo
entrar a su Plaza de Armas y admirar el esplendor de sus caserones e iglesias,
de su Palacio Arzobispal y la diagramación y diseño edilicio y arquitectónico
de toda la urbe. No por gusto, fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la
UNESCO, en 1983, y es denominada por la gran cantidad de monumentos que posee
como la “Roma de América”.
Es tal la variedad de historia, modernidad y aventura
que envuelve la ciudad, verdadera pieza de ingeniería incaica, que, por momentos,
te abruma y hasta podría llegar a cansarte por tantas idas y vueltas. Baste tan
sólo con visitar su Plaza de Armas; admirar la impresionante arquitectura de
Ollantaytambo (un pueblito - a 80 kilómetros de Cusco - que fue el bastión de
la resistencia inca a la colonización española) o pisar las callejuelas de
Pisaq y tener la oportunidad, como me sucedió, de admirar la procesión a la
Santa Patrona del poblado: la Virgen del Carmen y visitar su afamado mercado
artesanal. Tampoco podría desdeñarse una visita a una de las decenas de
cooperativas de alpaqueros de la zona y hasta tener la posibilidad de asistir a
una explicación de cómo se hila y tiñen las lanas, que luego serán hermosos y
policromos tejidos para piezas de vestir de fina terminación.
Sin dudas, la frutilla del postre será la fortaleza
ceremonial, de Saqsayhuaman, ubicado a dos kilómetros de la ciudad de Cusco y a
3.700 metros de altura sobre el nivel del mar. Dicho santuario, con sus muros
megalíticos, se convirtió en la mayor obra arquitectónica inca, en su fase de
mayor esplendor y desarrollo y desde esa atalaya puede observarse toda la
ciudad cusqueña y hasta un Cristo de yeso blanco (parecido al Corcovado de Río
de Janeiro), donado por la comunidad alemana.
Nuestra guía explicó que la obra edilicia - también
considerada la Casa del Sol, donde vivía un “Inca de sangre real”, según recogen
las crónicas de Garcilaso de la Vega - que exhibe un perfecto armado fue
construida con piedras de canteras, ubicadas en Muina, Huacoto y Rumicolca, a
unos 20 kilómetros del lugar. Y ello nos pareció aún más impresionante, si
tenemos en cuenta que no estaba descubierta aún la rueda, que facilitara los
traslados de tanto material pesado (algunos bloques de hasta 350 toneladas de
peso) y dicha recorrida de tanto material constructivo se hizo con maderas
rodantes, cintas y precisó de muchos años y esfuerzo humano.
Y para concluir, dos tres días de visita a Cusco (es
lo recomendable), no puede obviarse el barrio de San Blas, con sus empedradas y
pintorescas callejuelas y sus tiendas de artesanía, donde se dan cita los más
destacados artistas cusqueños y degustar el típico ceviche, pescado cocido con
limón y mucho cilantro, el sabor típico de la cocina nativa que hará las
delicias de nuestro paladar, sobre todo, si viene acompañado de un pisco sour,
un cóctel representativo de la peruanidad. Tampoco dejar de ir – porque sería
casi herético - al Templo y Convento de Santo Domingo o Korikancha, con sus inmensos
lienzos que decoran las paredes sobre la vida del fundador de la Orden
Dominica, Santo Domingo de Guzmán y terminar pidiendo luz y progreso - hincado
de rodillas ante el Cristo Negro, “el Taytacha
de los Temblores” (alude a los sísmico de la ciudad) - que yace en su cruz,
en la Catedral del Cusco, y que muchos hasta consideran un Cristo indígena,
pero que, en realidad, fue utilizado por el Rey Felipe III, de España, como un
ardid- fetiche para que los incas se reconocieran en esa imagen y dejaran de
adorar al sol y otras antiguas deidades. Se dice que sólo de esa manera se
regresa a esa ciudad inolvidable y ancestral… entonces marchamos a cumplir el
rito.
lunes, 27 de julio de 2015
jueves, 2 de julio de 2015
Como un jazz evanescente.
Obra plástica del artista bretón Eric Le Pape.
He navegado entre
los agujeros de la noche
Como una gota de lluvia
que resbala turbia
Y salpica los pies
de la cama, el despeñadero de otras pupilas,
He transitado los
días más oscuros con los ojos vendados
Y sin bastón donde
recostar el alma asustadiza,
Y en ese andar sólo
he recibido retazos… pequeñas ausencias
Cuadernos
emborronados… cartas que nunca traen remitentes.
Quizás por ello
venero todo…. hasta el asco
Dentro del vacío
sideral que me ronda,
Donde imagen y
hombre glorifican su caos y se hacen trizas
Regurgitando
espasmos y contiendas anuladas,
Mientras arcángeles
y demonios ya no edifican territorio alguno,
Sólo ciertos
temblores y un aire de cava húmeda
Con hedor a
fastidio y maderas añejas
Termina por inundar
hasta el cuerpo esponjoso de mis huesos.
Convertido en
personaje y sombras temerosas
Ya no miro las
tinieblas de mis ojos y dejo pasar estos días
Entre sopas de cabello de ángel y vino en Tetra Brick,
(Distribuidos
a mayoristas para tiendas ignotas)
Con tufo a insomnio y depredación trasnochada.
Desde el cuarto contiguo escucho: “Strange Fruit”,
Un jazz evanescente que Billie Holliday gorjea narcotizada
- como un rezo -
Y retorna la sensación de estar a los pies del árbol sureño
Con la soga puesta al cuello y el repentino olor a carne negra.
La amarga cosecha se ha devorado a destiempo
En los secos campos de vides norteños
Donde el granizo azota inclemente y lo descuartiza todo,
Y este año con seguridad no se llenarán hasta el corcho
Las botellas granates que apuraremos en las mesas.
Y es que todo resulta tan insustancial, tan sinsentido
Que he empezado a escrutar dentro de mi propio músculo cardiaco
Y mi espalda arqueada por el peso de los años,
Esa giba cansina que terminará ahogándome.
Estoy longevo, hipocondríaco y me duelen los pies,
Pero no hay rencores ni aflicciones
Sólo una pizca de amargura resbala tonta hasta caer sobre mis
mejillas
Que arden de tanta travesía vana y tanta ausencia
De tanto atravesar los
agujeros de esta modorra interminable.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)







