Este blog es mi pequeño espacio, mi ínfimo resquicio de libertad, donde intentaré que - como en la isla - todo no quede rodeado de mar y existan pequeños puentes donde recostar la mirada, donde traspasar umbrales y seguir caminando sin óbstaculo alguno.
lunes, 29 de diciembre de 2014
Retrato de Paseo
Una obra de un artista del grafiti callejero, en el Shopping Distrito Arcos, ubicado en los terrenos de la ex-playa de maniobras del Ferrocarril San Martín y de las Bodegas Giol en Palermo, en Buenos Aires.
sábado, 27 de diciembre de 2014
lunes, 15 de diciembre de 2014
Miedos, poema de Juan Carlos Rivera Quintana
Obra plástica de Paul W. Ruiz.
“Pasan los días
como el olor a Octubre en la ventana
pero el corazón de la hoja queda intacto
como una piedra en los ojos del ausente”.
como el olor a Octubre en la ventana
pero el corazón de la hoja queda intacto
como una piedra en los ojos del ausente”.
Piedra o columna,
de Israel Domínguez Pérez.
He
visto tu cara entumecida por los rayos del sol bajo muchos cielos,
que irrumpían
desde la escotilla del avión,
pero ese
rostro ya no tenía preguntas y las palabras escondidas en el equipaje de mano
oreaban la brisa/
indiferentes
a todas las turbulencias y las probabilidades de desastre.
He
levantado mis dos alas… siempre lo hago…
para
tocar esos límites que te dan fuerza,
Y sólo
he podido manosear los escombros que definen
las
fronteras/ el linde innecesario / el fuego que todo lo chamusca
aquel
enfermizo aplomo-impiedad que tiñe nuestra agenda viajera,
Y
poco se puede inventar… más que prolongar el periplo
Para
que al fin todo caiga por su propia gravidez telúrica.
He
sentido un cáustico vacío derramándose tras tus puertas
Al
intentar abrir de par en par algunas ventanas tapiadas
Que
daban a aquella arboleda-pulmón-de-oxígeno
Donde
antaño reclinábamos las cabezas,
imaginando
largos derroteros… difusas curvas…sinuosas trayectorias
que coronaron
líneas suspendidas…nidos inaccesibles
socavones
por donde ya nadie irrumpe,
Pero ahora
sólo quedan pálidos despojos de guerra,
Ticket
de trenes de ambiguos itinerarios,
Aburridos
cuartos de hotel para recostar el cuello manso,
amuletos
escondidos en el patio de algún claustro,
fotos
tardías en lugares ignotos que no serán exhibidas
y terminarán
difusas cuando el rocío agridulce caiga
Irremediablemente
sobre nuestras cabezas.
Traspapelado
como algún poema perturbado
cuando
ya no queda otro remedio que marcharse,
he
visto agonizar varios combates, echados por el fregadero de la cocina,
entonces
– era muy joven - casi desconocía el tedio,
la
necesidad de huída y las maletas seguían debajo de la cama
como
torpe vaticinio para seguir aguardando otra escapatoria
que en algún momento se produciría/
con
temor a otro viaje mutilador… al eterno éxodo del nunca acabar
sin tiempos para finales beatíficos.
He
visto bajo muchos cielos plomizos tu cara de ausencias
cuando
mi cuerpo intentaba posarse sobre la pista escarchada y desconocida y sólo sentía
preocupación por el tren de aterrizaje
y la visibilidad.
¡Oh,
Díos mío, que no redoblen las palabras – como campanas - antes de cruzar los cielos
porque todavía no sé si preciso una ceremonia salvaje
para
ciertos miedos que me desconciertan siempre!
7- octubre-2011
Buenos Aires, con lluvia pertinaz.
Londres y encontrar la pieza que falta
Texto y foto: Juan Carlos Rivera Quintana
La ciudad de Londres me recuerda una hermosa canción de Adele, una de mis intérpretes británicas preferidas, que se titula: "Don't you remember" y que en una de sus estrofas dice con melancolía: “¿Cuándo te veré de nuevo. Te fuiste sin despedirte y ni una sola palabra dijiste... ni beso final para sellar cierta grieta. No tenía idea del estado en el que estábamos metidos. Se que tengo un corazón inestable y disgustado y una mirada desviada y una pesadez en mi cabeza. Pero... ¿no te acuerdas? La razón por la que me amaste antes. Cariño, por favor recuérdame una vez más (...) espero que puedas encontrar la pieza que te falta”. Esa urbe es como una gran pasión, una intensidad monumental e inolvidable… de esas que se tienen escasas veces en la vida, como salir a armar un rompecabezas y nunca encontrar la pieza que falta.
Y es que resulta casi chocante llegar a Londres, proveniente de Ámsterdam, un día de mucha lluvia y neblina y tomar un tren rápido que te lleva hasta la Victoria Estation, y en el trayecto ver el campo verdoso y apacible y las casitas todas iguales y modestas que rodean a la urbe y encontrarte, de pronto y casi de imprevisto, en medio de una ciudad imponente, rancia, que rebosa cultura y sofisticación, casi despampanante, con una tempo británico - también llamado la flema british - que recuerda las apacibles novelas de la escritora británica policial, Agatha Christie y su Miss Marple, aquella anciana de una calma e impasibilidad excesivas, residente de St. Mary Mead, un adorable pueblecito de las afueras londinense, que se las ingeniaba para descubrir muchos casos imposibles de desentrañar hasta por los inspectores de Scotland Yard.
Pero Londres es, hoy, calma y bullicio excesivo; serenidad y estrés turístico y hasta un poco de indiferencia y sosiego a orillas del Río Támesis, esa corriente pluvial que atraviesa la ciudad dividiéndola en dos partes y se integra, casi fotográficamente, a la vida cotidiana de sus lugareños y visitantes. Londres alberga a más de 7 millones de personas, de las cuales, más de un tercio, pertenece a alguna minoría étnica. De ahí que en sus calles, veredas y casas se hablen, en este mismo instante, cerca de 300 idiomas diferentes, en tanto la metrópoli contiene casi el 50 por ciento de la población de origen no inglesa que vive en Gran Bretaña, donde se destacan los indios, los negros y los bengalíes.
Y pensar, que durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) en la capital londinense las sirenas avisando los bombardeos aéreos enemigos y los apagones eran una constante, como también ver en el espacio a los bombarderos Luftwaffe disparando sobre el East End (barrio al este de la city). Por ello resulta casi una alucinación que una urbe que recibió en sus entrañas la explosión de 27 mil bombas que provocaron innumerables incendios, durante 57 noches seguidas y después, en forma intermitente durante seis meses, hoy sea una de los ciudades de mayor diversidad cultural, más hermosa y arboladas de Europa, con parques tan paradisíacos como el Hyde Park o el St. James’s Park, verdaderos pulmones verdes aislados del ajetreo citadino; el alma y el corazón de Inglaterra con museos, galerías, boutiques de moda, edificios patriarcales, mercadillos, salones de ópera y teatros, estadios de fútbol, conciertos y eclécticos restaurantes para todos los paladares y bolsillos.
De misterios, búsquedas y encuentros
Londres encierra muchos encantos y secretos, que no se pueden llegar a descubrir, y lo digo por experiencia, en un primer viaje de cuatro días. No por gusto cada año vienen a sus rincones buscando acercarse a sus más de 250 museos y galerías de arte (la mayoría con entrada gratuita) y sus 100 teatros con grandes y clásicos musicales y obras de Shakespeare en cartelera permanente casi 30 millones de turistas, flujo económico que según estimaciones oficiales, aporta al país más de 15 millones de libras de esterlinas al año.
Pero para comenzar el recorrido y el proceso de conocimiento de esta ciudad es preciso trazarse una estrategia y diseñar una agenda y no exagero. Hay tantos sitios para ver que es obligatorio organizarse. El West End, la zona más turística, que incluye el Soho; Trafalgar Square; Picadilly Circus; Leicester Square y Regent St. no se puede recorrer en un día. De allí me aventuro a recomendar iniciar el recorrido por el Palacio de Buckingham, donde se puede admirar la grandiosa fachada o visitar las salas del recinto, si están abiertas en ese momento. Después, caminar por el Parque St. James’s, un tranquilo pulmón verde de la ciudad y llegar hasta el Arco del Almirantazgo (Admiralty Arch) y de ahí al National Gallery, uno de los museos más interesantes y concurridos, cuyo origen se remonta a 1838 y a la colección privada de John Julius Argenstein, adquirida por el Estado, en 1824. En sus amplísimos fondos pictóricos europeo – de inquietud enciclopédica - pueden apreciarse invaluables colecciones de pintores del Renacimiento (posee el mayor y mejor depósito de pintura italiana fuera de ese país, con obras de Rafael, Tiziano o Piero della Francesca); pintura flamenca, del siglo XVII, con su joya: “La Venus en el espejo”, del pintor barroco Diego Velásquez y obras de Jan van Eyck; de Goya; una excelente colección de pintores holandeses, donde se destaca Van Gogh (con uno de sus cinco cuadros iguales de girasoles) y Rembrandt, entre otros.
Muy cerca está Picadilly Circus , una visita obligatoria en el centro de la metrópoli. La estatua de Eros, que en realidad representa al Ángel de la Caridad Cristiana y no al Dios del Amor, como muchos creen, es un buen lugar para emprender otros itinerarios, como el Barrio Chino con sus restaurantes más económicos. Quizás tomando el subte es oportuno llegarse hasta la Torre de Londres y el Puente de la Torre, edificios emblemáticos de la ciudad, que no deben dejarse de visitar y desde donde puede divisarse en todo su esplendor el Támesis y los edificios acristalados de oficina y palpar la vida fabril londinense. A escasos metros, la Catedral de San Pablo, con sus arcos medievales, sus cúpulas y sus portones de hierro fundido, que soportaron los bombardeos de 1940 y 41 y se mantienen hoy incólumes al paso del tiempo.
Quizás otro día de recorrido pudiera circunscribirse a caminar por Westminster y el South Bank para admirar el Parlamento y el Big Ben, la Abadía de Westminster (y asistir al oficio coral de la misa vespertina), el templo más imponente de Inglaterra, donde se hicieron los funerales de la princesa de Gales, y cruzar el puente de Westminster y llegar hasta el London Eye, esa atalaya modernísima e impactante (ojo: fóbicos a las alturas abstenerse), desde donde se domina, en 30 minutos, todo el horizonte de la ciudad, con sus cápsulas de vidrio fijas por fuera que permiten una vista de 360 grados de toda la urbe y las mejores fotografías para el ojo entrenado.
Tampoco puede faltar una visita al British Museum que alberga una de las colecciones más famosas del mundo, con más de seis millones de piezas que incluyen esculturas antiguas, pinturas, exquisitas joyas y muchos otros tesoros mundiales que uno se pregunta, a modo de reprobación, cómo es posible hayan llegado a convertirse en patrimonio de los británicos y de qué manera ilegítima llegaron a esas salas museables, lo que recuerda y confirma el pasado colonial de Gran Bretaña. Ojo: no debe dejarse de ver: las momias egipcias, el Partenón de la Antigua Grecia, los toros alados asirios, la Piedra Rosetta, que contiene inscripciones en tres idiomas y ha hecho posible descifrar los jeroglíficos egipcios. También recomiendo la sala africana (con sus máscaras funerarias) y la mexicana, con su joya: la Serpiente Emplumada, que representa al dios principal olmeca, tolteca, maya y más tarde en el grupo de las deidades aztecas, cimientos del panteón de la cultura prehispánica mexicana).
Y si sólo quedara un día o mediodía de recorrido antes de su partida sería bueno visitar Portobello Road, en el afamado barrio de Notting Hill, (con sus casitas pálidas todas muy british, iguales pero disímiles en algún detalle, con pequeños jardines). En ese sitio encontrará la feria de antigüedades más grande del mundo, con más de mil comerciantes y pequeños locales en plena calle cerrada al tráfico. Nada que seguro terminará coincidiendo conmigo: esta ciudad precisa otras visitas y de mucho más tiempo para conocerla. Entonces, regresará nuevamente, es preciso seguir con terquedad mundana como en un rompecabezas buscando la pieza que falta, aunque para nuestro goce no terminemos encontrándola nunca y precisemos regresar, nuevamente, a Londres.
Puta costumbre, poema de Juan Carlos Rivera Quintana
Obra fotográfica del artista cubano René Peña.
“(…) pero existe
esa mezcla de tiempos y fronteras
que no tiene remedio
con palabras”.
esa mezcla de tiempos y fronteras
que no tiene remedio
con palabras”.
Irela Casañas, en: “Escribir en la arena sin que la ola alcance el
rasgo”.
Como
un humo, una voluntad de perpetuidad se rematan
En la
plaza pública aquellas palabras, casi sin espectadores,
Rebotan
como crisálidas deshechas contra los tímpanos-sordos
Trazan
una ralla negra sobre las paredes blancas del claustro escarchado
Donde
mi perro trepida de frío, ladra su celo con sinfonías atonales
Y se
escabullen dentro de mi cabeza los salmos religiosos
Que
repetía – desnuda - mi tía solterona para no arder en el infierno.
Dañino
vicio aquel de no querer escuchar, ni en los peores insomnios/
en
aquellos donde mi masa cerebral se derrite como la esperma de una vela/ contra la
mesa de luz de esa pequeña cárcel, con baño y bidet, donde hemos decidido - ojo
alerta - esperar el armisticio para que deje de diluviar
y
acaso salga un arcoiris que lo coloree todo de nuevo,
parecido
a un tatuaje con gramática inscrito a punta de cuchillo
(en la frente traslúcida).
La
otra aparición - que también se llama como yo- ha empezado a desconocerme dócilmente/
Me imita cada día al levantarme,
se
tapa la boca al bostezar, no eructa, busca el mejor dentífrico para blanquearse
los dientes, ya no actualiza su pasaporte
y se ducha religiosamente después de hacer (apáticamente)
el amor
antes
de tomar el subterráneo camino a una oficina gris
donde
parece que también todo quedará suspendido a los laberintos
(del discurso).
El
espectro se afana en vestirse con mis ropas, en conservar mi parsimonia
y se
entrena para hablar con el mismo acento neutro de los sin fronteras.
Luego
– a mis espaldas - se muerde los labios por su olfato
y adopta
semejante hipocresía de corrección política.
Cada
tanto le oigo decir como si escupiera una pedrada:
“hasta
aquí llegó la vida”, con un dejo de advertencia y desapego,
Como
si pudiera no hacer oídos sordos a tanto nihilismo
Que intoxica
el cerebro e inmoviliza las piernas.
Entonces
vuelve a aparecer el humo como una exhalación
Un
linde, una orilla en mapa asediado por el adversario
Para sentir
el peso de mi culpa ardiendo en un brasero apagado e inmediatamente recuerdo ese
coraje de náufrago con que me parió mi madre y aquellas bendiciones de mi
abuela cuando pensaba que ya no hablaría irremediablemente como el resto de los
chicos de mi edad porque al nacer no lancé el estridente berrido de llegada.
“¿Apocado
o mudo?, se preguntaba ella y me daba aceite de hígado de bacalao para
enjuagarme las cuerdas vocales y sacarme alguna palabra,
pero
sólo conseguía una mueca de asco/ una aversión,
un
sudor en el labio que todavía me dura cuando debo ingerir algún fármaco.
Es
ese el momento de salir a la dársena desconocida
y arrellanarse sobre el silencio, donde a
veces pareciera
que
nunca termina la plegaría y nadie sabe en que isla o marejada
puede
aparecer su alter ego con esa puta costumbre de sentirse un emigrante.
Buenos Aires, 24 de julio, frío y
calefacción insuficiente.
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